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Música de Baroja

Baroja conoció en París al pianista Erik Satie pero no entendió su ironía. Le pareció “un hombre interesante” Strawinsky, con el que compartió una comida. No entendía el impresionismo de Ravel y Debussy pero en cambio, le encantaba la música popular.

Andrés Amorós
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Pío Baroja | Cordon Press

La música es una de las carencias más evidentes de la generación del 98. Lo demostró tajantemente Federico Sopeña, mi maestro: "Un resumen apresurado sobre la música en la generación del 98 podría hacerse con una sola palabra: nada. Tanto es así que, de recoger exhaustivamente sus citas sobre música, tendríamos sólo un breve capítulo de ‘alusiones’ ".

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Recuerdo un solo ejemplo: a Unamuno le gustaba la música del bosque y del templo… es decir, que no le gustaba la música. Al escuchar un "Estudio" de Tárrega, le dijo al guitarrista Regino Sáinz de la Maza: "A estudiar, ¡a casa!"

Dentro de su grupo generacional, Baroja es un caso muy singular. Ya en 1915, el joven filósofo Ortega y Gasset define: "Si una ametralladora tuviera una opinión, se parecería mucho a la de los personajes de Baroja". En el terreno de los sentimientos religiosos, por ejemplo, no es creyente, ni anticlerical, ni añora la fe de la infancia: es, pura y simplemente, un agnóstico. Para José Alberich, "el primer agnóstico de cuerpo entero que surge en la España moderna". Como cree que no es posible saber nada sobre la existencia de lo sobrenatural, piensa como si ese mundo no existiera.

Su agnosticismo se extiende también a lo político, lo social, lo filosófico y hasta lo artístico. No cree en la sociedad ni en el progreso humano. Realiza una critica muy dura de la España tradicional pero no cree en la revolución. Por eso, se muestra escéptico ante la Segunda República y, muchas veces, ante la misma democracia. Considera que el ser humano es "un animal dañino". Pero sus obras respiran (no predican) una serie de valores morales: sinceridad, lealtad consigo mismo, protesta contra el modo de pensar y sentir convencional. Y, por mucho que pretenda disimularlo, ternura, compasión, auténtico sentimiento.

Además, Baroja es un magnífico narrador, que capta la atención del lector , con un relato de ritmo vivo, que Benjamín Jarnés, desde una estética opuesta, calificaba de "ritmo de desfile, duro, inflexible". Y, frente a la teoría orteguiana de la novela "hermética", autosuficiente, que crea un orbe completo, sostiene Baroja que la novela debe ser "permeable": abierta a los demás géneros, a la política, a las ciencias, a los viajes, a la vida…

Como señala con notable benevolencia Federico Sopeña, la singularidad de Baroja se manifiesta también claramente en el terreno de la música: "A pesar de su insistencia en negar una afición verdadera, en su obra hay juicios sobre música sorprendentes, intuiciones admirables y algunos exabruptos".

Recuerdo, por ejemplo, una frase terrible: "Así como la mayoría de los aficionados a la pintura y a la escultura son chamarileros y judíos nisfrazados, los aficionados a la música son, en su mayoría, gente un poco vil, envidiosos, amargados…"

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Aunque escribía disparates de este calibre, no era ajeno don Pío al mundo de la música: intérprete y melómano era Serafín, su padre; Carmen Baroja interpretaba al piano, en casa, sonatas de Haydn, Mozart y Beethoven , además de fragmentos de ópera italiana. También escuchó música en los cafés, como todos los de su época. No le gustaban, en cambio, las salas de concierto ni el Teatro Real:

Cuando recuerdo que, de joven, iba al paraíso del Real a sufrir incomodidades y molestias para oir los gorgoritos de una tiple o las escalas de un tenor, me considero a mí mismo como un estúpido. Esa sujeción de estar en el teatro, como esperando el maná, me fastidia. Todo lo colectivo me es antipático.

Don Pío sentía una profunda repugnancia por todo lo grandilocuente y enfático. Así recuerda, por ejemplo, una velada wagneriana:

La fiesta era y, si yo hubiese sabido, probablemente me hubiera ido, porque el compositor catalán Morera iba a tocar unos trozos de una ópera suya que creo que se llamaba ‘Brunisalda’ o ‘Brunisenda’ (…) El maestro italiano, que era director de orquesta del Teatro Real, cogió la partitura, que era un enorme tomo por el tamaño y por el grosor, y miraba por aquí y por allá, donde había unos pentagramas complicadísimos y unas rayas para arriba y para abajo, y decía: ‘Está muy bien; está muy inspirado’ (…) La música de Morera me pareció pesadísima y ruidosísima. Era Wagner de cemento armado o de cartón piedra. Cuando acabó la primera parte, que duraría lo menos una hora, yo me levanté, me asomé a una ventana del taller y dije a uno que estaba a mi lado, que creo que era pianista de café:

‘Me voy ahora a dar una vuelta al sol. La tarde debe de estar hermosa (…) Yo no entiendo nada de esta música – añadí – y me ha parecido petulante y tan pesada, que me marcho ahora mismo’ .

Cuando intentaba analizarla racionalmente, la música le desconcertaba:

Está fuera de los límites de la razón. Lo mismo puede decirse que está por debajo como que se encuentra por encima de ella.

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En cambio, llegaba a la música por la vía de los sentimientos auténticos. En muchas de sus novelas se encuentran referencias interesantes – y, a veces, desconcertantes –a la música. Por ejemplo, en La leyenda de Jaun de Alzate, Allegro final, El nocturno del hermano Beltrán… Un solo ejemplo, sobre la música sinfónica alemana: "Es como el opio para esta gente fuerte y brutal del centro de Europa". Pero donde leemos juicios musicales más agudos es en sus Memorias. (Lo estudió Sopeña en su libro Música y literatura).

Baroja conoció en París a Erik Satie pero no entendió su ironía. Sí le pareció "un hombre interesante" Strawinsky, con el que compartió una comida, en Barcelona. No entendía el impresionismo de Ravel y Debussy. Sacaba, a veces, sus malas pulgas de individuo gruñón: "El pianista tenía la petulancia de todos los de su oficio"…

En cambio, le encantaba la música popular: recuérdese su elogio sentimental del acordeón. Y, a veces, mostraba una fina sensibilidad. En su aventura con una tal Ana, recuerda "esta frase de Beethoven – el Andante de la Sonata Patética – que me apretaba la garganta".

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Le molestaba la ópera como espectáculo social pero supo apreciar la grandeza del "Don Giovanni" de Mozart:

Me pareció tan admirable que pensé valía la pena haber ido a Italia sólo por oírla. La verdad es que es algo extraordinario este Don Juan. Es como una fuente de inspiración que no se agota y que no pierde su ligereza ni su alegría serena y sonriente al paso de los años.

Así de contradictorio era don Pío Baroja.

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