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Una obra maestra

'La venganza de don Mendo' ha hecho felices a muchos miles de espectadores. No ha envejecido, aunque cumpla cien años. ¿Qué autor teatral no desearía lograr algo semejante?

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Dentro de su género, La venganza de Don Mendo es una auténtica obra maestra. Junto con Don Juan Tenorio, son las dos obras más populares de toda la historia del teatro español: más que Fuenteovejuna, La vida es sueño… Esta "caricatura de tragedia" de Muñoz Seca posee una comicidad irresistible y una teatralidad absoluta: salvo que se haga rematadamente mal, el éxito está asegurado. Desde su estreno, hace justamente cien años, atrae al gran público, siempre que se anuncia. Por eso, ha servido como "salvavidas" de muchas compañías teatrales, a lo largo de la historia.

Una peculiaridad única, dentro del teatro español, que comparten sólo Don Juan Tenorio y La venganza de don Mendo: el público que acude a una representación de estas dos obras ya las ha visto, conoce de sobra su trama, compara la versión y la interpretación actuales con las pretéritas y hasta se sabe fragmentos de memoria.

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Muchísimos españoles han repetido con deleite, por ejemplo, los versos de la escena de amor, con sus rimas sostenidas, como en el drama poético modernista:

-Trovador, soñador, / un favor/ - ¿Es a mí? – Sí, señor. / - Al pasar por aquí / a la luz del albor / he perdido una flor. / - ¿Una flor de rubí? / - Aún mejor: / un clavel carmesí, / trovador. / ¿No lo vió? / - No lo ví.

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O la historia de los hermanos Quiñones, escrita en quintillas, como las relaciones de las comedias del Siglo de Oro:

Los cuatro hermanos Quiñones / a la lucha se aprestaron / y, al correr de sus bridones, / como cuatro exhalaciones / hasta el castillo llegaron". Y su rotunda exclamación, que disimula con un eufemismo la expresión popular: "Entonces los infanzones / contestaron: ¡Pobres locos!.../ Para asaltar torreones, / cuatro Quiñones son pocos. / ¡Hacen falta más Quiñones!

Y las humorísticas alusiones a realidades contemporáneas, anacrónicas en medio del ambiente medieval , como el popular juego de cartas de las siete y media:

Un juego vil / que no hay que jugarle a ciegas / pues juegas cien veces, mil, / y, de las mil, ves febril / que o te pasas o no llegas. / Y el no llegar da dolor / pues indica que mal tasas / y eres del otro deudor. / Mas, ¡ay de tí si te pasas! / ¡Si te pasas es peor!" ¡Cuántas veces lo hemos repetido todos nosotros!

También se sabían de memoria muchos españoles la relación en quintillas que hace Moncada de cómo cazar aves con lumbre, cerrada con una expresión coloquial que desata siempre el regocijo del público:

En la noche más cerrada / se toma un farol de hierro / que tenga la luz tapada, / se coge una vieja espada / y una esquila o un cencerro, / a fin de que, al avanzar, / el cazador importuno / las aves oigan sonar / la esquila y puedan pensar / que es un animal vacuno; / y, en medio de la penumbra, / cuando al cabo se columbra / que está cerca el verderol, / se alumbra, se le deslumbra / con la lumbre del farol, / queda el ave temblorosa, / cautelosa, recelosa, / y, entonces, sin embarazo, / se le atiza un estacazo, / se le mata y a otra cosa.

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Los profesores estudiamos la variedad y riqueza de los procedimientos humorísticos, en La venganza de don Mendo. Con lenguaje llano, Francisco Umbral sentencia: "Muñoz Seca era gracioso. Otros autores se hacen los graciosos y eso no funciona".

Desde 1918, la fecha en que se estrenó, La venganza de don Mendo ha hecho felices a muchos miles de espectadores. No ha envejecido, aunque cumpla cien años. ¿Qué autor teatral no desearía lograr algo semejante?

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