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Santiago Navajas

Pío Baroja hasta actor

'La busca' es un dramón que en manos de Lars von Trier sería hiperbólico y metafísico pero que en las mesuradas de Angelino Fons, se plantea al estilo neorrealista italiano aunque con el toque enfático español.

Santiago Navajas
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A los Baroja les gustaba el cine, benditos sean. Popular y desclasado, entretenimiento a la búsqueda del estatuto de arte y vilipendiado por los puristas de la estética, podía sintonizar el séptimo arte, que entonces apenas era considerado una distracción de feria para analfabetos e iletrados, con el novelista más sencillo y menos florido del panorama literario español.

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No sólo simpatizó Baroja con el cine, aunque siempre desde su actitud descreída y su talante cascarrabias, sino que intervino en él, como actor en Al Hollywood madrileño (1927) interpretando a un castizo Guardia Civil en la adaptación de su obra El horroroso crimen de Peñaranda del Campo (que no he podido ver) o haciendo de sí mismo, como en Las aventuras de Zalacaín. En Las horas solitarias, una colección de ensayos y artículos de 1917, hay una descripción perfecta de la vibración contemporánea en alguien tan moderno y, a la vez, tan conservador como es Baroja:

Esas ciudades modernas, que visten a la moda y que tienen la adoración por el lujo, han encontrado la diversión más a propósito para sus gustos: el cinematógrafo. El cinematógrafo impresiona la vista, pero no el espíritu; no hay necesidad de discurrir, ni de razonar, con él todo es cortical. A pesar de esto, tal es la cantidad de modernidad que llevan algunas de invenciones, que el cinematógrafo será con el tiempo uno de los elementos mayores de divulgación y cultura

Como le pasa hoy a Nicholas Carr con Internet, también pensaba Baroja, como otros intelectuales de su época, que el nuevo invento del cine haría a la gente (todavía) más estúpida y alienada. Sin embargo, y pesar de cierta hostilidad moral, no hay duda que le resultaba atractivo estéticamente. Si a Alberti, Lorca y compañía le encantaban Buster Keaton, el espíritu más sencillo de Baroja se inclinaba por Charles Chaplin.

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De Pío Baroja se han adaptado Las inquietudes de Shanti Andía (1947), La busca (1966) y Las aventuras del Zalacaín (1955, hay otra adaptación de Las aventuras… que era tan buena que iba a ser distribuida en EE.UU. pero un incendio destruyó todas las copias); Las inquietudes de Shanti Andía (1947) es la magnífica ópera prima de Arturo Ruiz Castillo, donde se capta el ambiente español a través de unas coplas que transmiten esa poética filtrada entre líneas de la austera prosa, al mismo tiempo lúcida y triste, de Baroja

"¡Qué triste que va la luna cuando no lleva el lucero!"

canta la cupletista que interrumpe la copla para decirle al protagonista:

"No bebas más, los vascos os ponéis luego insoportables"

La dirección de Ruiz Castillo está a la altura del guión, que combina extraordinariamente la narratividad aventurera con la reflexividad de una voz en off que ilustra la memoria nostálgica de Shanti Andía. Una nostalgia que es la del espíritu de Baroja, una morriña acerca de un pasado que no fue y de un presente que no acaba de hacer brotar un futuro que se percibe trágico. La aventura física de Shanti Andía es sobre todo moral y Ruiz Castillo hace que sea además, románticamente estética, sin dejar de lado ese humor tan sutilmente patético que era la marca de la casa de don Pío.

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Zalacaín el aventurero tiene un plus extraordinario: ¡Pío Baroja interpretándose a sí mismo! Pocas veces alguien de su categoría ha realzado una película con su presencia. McLuhan en Annie Hall de Woody Allen, Brice Parain en Vivir su vida de Godard y pocos más. Combinación de historias amorosas y bélicas, espionajes y aventuras, sin embargo, Juan de Orduña, el director, nunca consigue superar esa artesanía "cortical" para elevarse al plano de la reflexión que era la condición que ponía Baroja al cinematógrafo para conseguir superar su estado de producto cultural dirigido a las masas para convertirse en una auténtica y legitimada obra de arte.

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Del Baroja en la senda aventurera de Conrad y Kipling al novelista social a medio camino de Stendhal y Zola: La busca es un dramón que en manos de Lars von Trier sería hiperbólico y metafísico pero que en las mesuradas de Angelino Fons, sin embargo, se plantea al estilo neorrealista italiano aunque con el toque enfático español (que llegaría a su máxima expresión con La caza, Surcos y, sobre todo, con El mundo sigue de Fernán Gómez). Aunque transcurre en el siglo XIX parece inevitable la comparación con el Madrid de los años 60. España empieza a despegar pero, precisamente por ello, la ambición de prosperar hace que la competencia se recrudezca en una capital que más que rompeolas de todas las Españas parece un "núcleo irradiante" que lo mismo revitaliza que machaca. En la época en que se rodó había censura pero más que prohibir determinado cine crítico lo que consiguió fue estimular la imaginación oblicua de los creadores para mostrar su punto de vista sin decirlo, sin hacerlo explícito. Fons tiene la habilidad, ayudado por un plantel de extraordinarios rostros (como los de Emma Penella o Lola Gaos) de reflejar tanto la letra como el espíritu literario de Baroja, muy cinematográfico en su esencia aunque alejado, eso sí, de la retórica pluscuamperfecta habitual en el cine español.

Baroja murió poco después del rodaje de Zalacaín el aventurero sin poder ver esta adaptación. Sesenta años después de su fallecimiento va siendo hora de que la industria española sea capaz de recuperar la obra con tantas posibilidades cinematográficas como la del novelista vasco.

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