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Amando de Miguel

El comprador de libros de lance

Es un tipo humano extravagante y característico, quizá un poco pasado de moda: el comprador de libros de lance.

Amando de Miguel
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Es un tipo humano extravagante y característico, quizá un poco pasado de moda: el comprador de libros de lance. Toda mi vida lo he sido, por lo menos desde la lejana época de estudiante universitario. Entonces lo perentorio era hacernos con los libros de texto que vendía la Felipa en los aledaños del viejo caserón de San Bernardo. Al final de cada curso los volvíamos a revender.

Terminada la carrera, me fui envenenando con la costumbre de husmear en las librerías de viejo, la Cuesta de Moyano de Madrid o el Mercado de San Antonio en Barcelona. Me fui haciendo con una notable colección de estadísticas históricas de población, que me servían para mis investigaciones y mis clases sobre la estructura social española. También fui rebañando otras varias series de libros publicados en el último siglo y medio, lo que yo llamo la España contemporánea. Concretamente, libros de texto de la enseñanza obligatoria, diccionarios, biografías, novelas, ensayos, testimonios y análisis políticos. Era consciente de que tal cúmulo de entradas en mi biblioteca no iba a poder digerirlas de momento, tan agitada ha sido mi vida. Pero yo seguía con el afán coleccionista. Cavilaba que alguna vez llegaría la ocasión de tener tiempo para embaularme toda esa ringlera de tomos. En cuanto pude, hice levantar una casa entera, que era más bien una biblioteca.

Hasta que por azar (que es la Providencia de las gentes del común) llegó la oportunidad de ponerme a leer sistemáticamente lo almacenado durante décadas. Me refiero a la maldita pandemia del virus chino de este año (aunque empezó en el año anterior; por eso dicen ‘coronavirus 19’). Al pertenecer yo al gran grupo de riesgo (los mayores), no tenido más remedio que someterme al confinamiento; aunque en la jerga académica diríamos más bien "encerrona". Así, llevo cinco meses sin salir de casa, excepto para las urgencias médicas. He tenido tiempo de devorar algunos cientos de libros viejos de los miles que todavía esperan el continuo banquete. Ya he predicho que la encerrona va a durar tres años. Por fin se habrá hecho rentable la afición de atesorar tantos libros.

Que conste que no soy un bibliómano en sentido estricto. No me interesan las joyas bibliográficas, los libros verdaderamente antiguos o artísticos. Ya digo que mi biblioteca se nutre sobre todo de textos sobre la España contemporánea. Aunque pueda parecer extraño, la sección sociológica es bastante pequeña. La más nutrida es la de novelas. Bien mirado, más que sociólogo yo he sido más bien un polígrafo, con todos los respetos por don Marcelino Menéndez y Pelayo y naturalmente salvando las inmensas distancias. Que conste que el insigne montañés fue quien dio sentido a la palabra polígrafo, que se le aplica por antonomasia.

Aun sin ser propiamente un bibliómano, reconozco el placer que supone disponerme a trasegar un libro intonso, con el tacto y el aroma característico del papel de antes. Asimismo, me produce una gran satisfacción ponerme a releer un libro que ya leí hace algunos años. Por ejemplo, he vuelto sobre el interminable Galdós y he podido extraer nuevos sabores.

Yo siempre acompaño la lectura con el recado de escribir. No extrañará que, como consecuencia de la reciente encerrona del virus chino, haya ido pergeñando un par de libros. Supongo que alcanzarán la categoría de póstumos; es decir, son de tal envergadura que nunca lograré terminarlos. Doy los títulos provisionales: Dios de tejas abajo (trazas de Dios en las novelas de la edad de plata de la literatura española) y La pulsión autoritaria de los españoles contemporáneos. Siempre a vueltas con España.

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