
Tener hijos en la sociedad actual implica, por definición, educar en buenas costumbres de convivencia con dispositivos e Internet, del mismo modo que se hace con la higiene o el sueño. María Zabala en su libro explica que la gestión de las pantallas no debe ser un elemento aislado basado en "controlar el tiempo" o "evitar peligros", sino una pieza más del engranaje educativo familiar. La autora sostiene que la solución no es el "détox digital" como única vía, sino crear momentos familiares donde el tiempo compartido pase, precisamente, por el uso conjunto de la tecnología.
El peligro del "exilio" y la "orfandad" digital
La autora establece una distinción crucial entre tres tipos de perfiles en función de la implicación parental. Por un lado, los "huérfanos digitales" son aquellos menores que navegan sin ningún tipo de guía, quedando a merced de algoritmos diseñados para la retención. En el extremo opuesto se encuentran los "exiliados digitales", hijos de padres que aplican prohibiciones severas. Zabala advierte de que estos últimos son especialmente vulnerables: al no haber aprendido a usar la tecnología en un entorno seguro, carecen de defensas críticas cuando acceden a ella fuera del hogar. El objetivo, según la obra, es criar "herederos digitales", jóvenes con autonomía y criterio.
La falacia del tiempo de pantalla
Uno de los pilares del libro es el cuestionamiento del concepto rígido de "tiempo de pantalla". Zabala argumenta que no es equiparable pasar una hora programando código o realizando una videollamada familiar que dedicar ese mismo tiempo al scroll infinito en redes sociales. La clave reside en la calidad de la actividad y la intención del usuario. En lugar de limitarse a confiscar dispositivos, la autora propone una "dieta digital" equilibrada que priorice el descanso, el ejercicio físico y la interacción cara a cara, pero que no ignore la realidad tecnológica de la generación actual.
Ejemplaridad y acompañamiento activo
La obra incide en que la educación digital comienza con el ejemplo de los adultos. El concepto de "tecnoperiferia" —el uso del móvil por parte de los padres mientras están con sus hijos— es señalado como uno de los principales obstáculos para una convivencia sana. Zabala insta a los padres a pasar tiempo con sus hijos frente a las pantallas: jugar a sus videojuegos, entender sus redes sociales y preguntarles qué les interesa de ese mundo. Solo a través de este acompañamiento activo es posible detectar riesgos prematuros y fomentar un pensamiento reflexivo que proteja al menor de forma interna, sin depender de filtros externos.
La construcción de la identidad en red
El libro dedica un espacio relevante a la gestión de la privacidad y la identidad digital. Zabala explica que, para un adolescente, su presencia en internet no es una vida "virtual" separada de la real, sino una extensión de su propia identidad social. Por ello, el papel del padre no es censurar, sino ayudar a construir una reputación digital sólida. La autora concluye que el éxito educativo no se mide por cuánto tiempo el niño ha estado sin pantallas, sino por la capacidad de discernimiento que demuestra cuando las tiene delante.



