
Tras una última quinta temporada desigual, donde los hermanos Duffer no han podido evitar mostrar sus debilidades y las de su creación, Stranger Things, el gran emblema de Netflix terminó el día de Año Nuevo con un capítulo final de más de dos horas donde el mayor fenómeno cultural e intergeneracional del streaming alcanzó su ansiada resolución, llevando a la plataforma a una caída temporal por la alta demanda.
Poco importa hablar de la pétrea interpretación de Millie Bobby Brown, esos interminables parlamentos entre personajes tratando de simular emociones humanas y que parecen escritos por una IA que caracterizaron la primera mitad de la temporada. También de lo inevitable de la resolución de todo misterio: saber qué es realmente el Mundo del Revés es, en el fondo, menos divertido e inquietante que especular con ello.
Esto te lo contamos en la videocrítica del volumen I de la temporada 5, que te dejamos abajo.
Pero Stranger Things acaba triunfando en un desenlace emotivo donde, tras una primera hora trufada de efectos visuales y un enfrentamiento final concebido como gran y arácnido homenaje a It, sobreviene una larga media hora a modo de epílogo emotivo que solventa sobradamente la papeleta. Quien necesitase algo más presuntamente profundo que un kaiju o monstruo final, es que buscaba soluciones en la serie equivocada.
En resumen: que los Duffer apuestan por lo ambiguo en cierto aspecto fundamental del desenlace devuelve la poesía al personaje de Jane, u Once, y permite a los hermanos apostar por la generación de imágenes perdurables y ese juego entre la realidad y la ficción, o el homenaje al cine y la música de los ochenta y la literatura de Stephen King con el retrato «real» o imaginado de una época perdida ya en los abismos de la memoria sentimental, que es lo que caracteriza la serie.
Como la Nada de La Historia Interminable, un Holocausto casi nuclear arrasa con el reino de fantasía y pone fin al hechizo, a la infancia de los personajes… que no obstante deberán decidir si siguen creyendo en el mensaje, dejando o no vivir ese niño interior que ahora deja, en todo caso, el testigo a una nueva generación (memorable la mirada final de Finn Wolfhard, Mike, a los niños que retoman el juego Dragones y Mazmorras).
Los Duffer han querido dejar a la interpretación del espectador el destino final de Once, la niña telépata de Millie Bobby Brown que desencadena toda una serie de fenómenos, restaurando su potencial icónico. El resto de las virtudes de Stranger Things, desde la música atmosférica y electrónica al modelo de John Carpenter de Michael Stein y Kyle Dixon, al cuidado diseño de producción y sí, su colorido elenco de actores, permanecen presentes e impecables pese al exceso digital del clímax de efectos visuales.
En este último episodio, y también en los otros cuatro del Volumen II, la serie se sintió por fin libre de rellenar "check-points" argumentales y diálogos sentimentales repetitivos que cada vez abundaban más en la historia y que pedían a gritos un pronto desenlace. Los personajes se les habían acabado a los Duffer (pese a la aparición tardía de invenciones hilarantes como Derek, el niño borde, que demuestran su habilidad manejando esa clase de fichas), pero también, elementos discutibles en múltiples áreas: la "salida del armario" de Will (Noah Schnapp), concebida al menos en base a motivos argumentales comprensibles, pasa por ser una de las escenas más excesivas y manipuladoras del invento.
Asumimos que Stranger Things siempre ha caminado a hombros de gigantes, pero no menospreciemos su capacidad de canalizar iconos de una generación a otra. Si el mundo Del Revés ha resultado al final un mero puente entre dimensiones, eso tiene que tener también un valor. En este desenlace, el "gimmick" visual parece tomado de Desafío Total y alguna entrega de Transformers, donde Cybertron aparecía en la Tierra de similar manera al mundo de Vecna. Pero ese reciclado de imágenes populares, más o menos vintage, ha resultado en momentos de gran disfrute.
También hay artesanía en una película final de dos horas donde todo sale mal… hasta que deja de hacerlo, en su negativa a convertirse en un show de muertes innecesarias de protagonistas, en la ya habitual habilidad de los Duffer para mover a sus personajes como fichas en una operación (des)organizada y generar de la nada montajes paralelos que inyecten emoción y expresividad al relato.

