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Santiago Navajas

Antitaurinos fascistoides

Percibí en plena trinchera el gran peligro que corre la Universidad y, en general, la sociedad española.

Percibí en plena trinchera el gran peligro que corre la Universidad y, en general, la sociedad española.
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Ni a las siete de la Feria de San Isidro ni a las cinco en punto de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. En el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba pasaban unos minutos de las seis y media cuando presentaron a los ponentes de la mesa sobre "La tauromaquia como expresión de libertad": un profesor de Derecho Constitucional, un ganadero, un torero y un publicista. Estaba yo sentado en las primeras filas cuando entre el numeroso público, unas doscientas personas, se levantaron unos cuantos gritando y agitando unos folios: "asesinos" y "torturadores" eran los exabruptos más repetidos. Unos pocos se subieron al estrado y desplegaron una gran pancarta que rezaba "Ni arte ni cultura, es tortura". El proscenio se fue llenando de más y más jóvenes, unos veinte, alguno con la cara tapada en plan kale borroka. Una chica nos saludó a los allí presentes con un contundente y preciso "¡cabrones!". A su lado, otra nos dedicó un taurino desplante en forma de "peineta".

Pasaron los minutos en un ambiente de crispación. La consigna más repetida entre el público que había ido a escuchar las ponencias, y que se encontraba siendo acosado e intimidado, era no caer en la provocación, no responder a la violencia. "Keep calm and drink a beer", les propuse a los ponentes. En lo más alto del salón de actos alguien sacó un capote y empezó a hacer toreo de salón. Vítores del público que respondió a los boicoteadores cantando a capella el pasodoble "¡Viva España!".

La conferencia estaba organizada por la Universidad de Córdoba y la asociación Beca UCO Campus. Entrada libre hasta completar aforo, de lo que se aprovecharon los antitaurinos fascistoides (entendiendo por fascismo el empleo de la fuerza bruta como herramienta política) para, durante más de dos horas, reventar el diálogo y el debate. Son estas organizaciones de extrema izquierda las que luego defienden a condenados por emplear medios violentos en manifestaciones, al estilo de Andrés Bódalo o "Alfon" (con el descaro de denominarlos como "presos políticos"). Las Juventudes Comunistas de Andalucía habían calificado la conferencia taurómaca de "insulto" a la comunidad educativa, exigiendo su cancelación. Que alguien que lleva en su símbolo una hoz y un martillo, así como varios millones de muertos cargando sobre su ideología, reivindique una "cultura libre de maltrato", al tiempo que defiende la censura a los que tienen opiniones diferentes, es una de esas paradojas que ilustran la grandeza de la democracia liberal que los ampara aunque también ella les parece un insulto y la quisieran igualmente cancelar.

Pero volvamos al desarrollo del aquelarre comunistoide a fuer de antitaurino (afortunadamente, no todos los animalistas en contra de las corridas caen en estos extremos violentos). Empezaron a gritar el lema "Menos capotes y más don Quijotes". No me pude resistir y me fui hacia los fascistillas de tres al cuarto porque una cosa es que me insulten y otra muy distinta que se atrevan a mentar la obra de Cervantes en vano. Les comenté sucintamente, a todo volumen porque eran varios los que me gritaban a la vez, la novela que evidentemente no se habían leído. Porque Cervantes hace una apología de la libertad de expresión y una condena de los que, como los jóvenes zombis antitaurinos que han sustituido en su mente las ideas por consignas estereotipadas, en lugar de hablar, gruñen y muerden a los oponentes. Les expliqué que se iban a quedar muy sorprendidos cuando llegaran al capítulo en el que don Quijote se enfrenta él solito a una manada de toros bravos, por lo que podríamos considerarlo un torero a caballo avant la lettre.

Por supuesto, les daba igual todo lo que les explicase. Pero percibí en plena trinchera el gran peligro que corre la Universidad y, en general, la sociedad española. Porque estos cachorros de la extrema izquierda no hacen sino seguir los pasos de sus lugartenientes estratégicos, Pablo Iglesias y Rita Maestre. Mientras que el primero dirigió el acoso contra Rosa Díez en la Universidad Complutense, la ahora concejal de Podemos en Madrid ha sido condenada por el asalto de una capilla universitaria. Los jóvenes, con el corazón henchido de sentimentalidad mientras me escupían su rabia y me lanzaban miradas intimidantes, negaban el derecho a que alguien expusiese ideas diferentes de las suyas porque, me decían, la Universidad pública se paga con dinero de todos. Y de ahí deducían que podían detentar el poder y perseguir a los que nos atrevíamos a poner en cuestión sus "teorías" (por llamarlas de algún modo). ¿Acaso no les ha dicho Pablo Iglesias que ellos son la "gente" y el resto la "casta"? Desde luego que “l@s” “camarad@s” y “compañer@s” nos estaban haciendo una “autocrítica” que hubiese hecho las delicias del camarada Stalin. Lo políticamente correcto, elevado no sólo a dogma sino a inquisición, como manera de expulsar el pensamiento crítico, científico e ilustrado para imponer una visión unidimensional, sectaria y brutal. Y, de esta forma, transformar la Universidad en una tribu.

Entre el público algunos abrieron unos paraguas negros (el significado de lo cual se me escapa. Aunque es cierto que tenía pinta de que nos lloviesen de un momento a otro chuzos de punta. Y no metafóricamente...). Aquello había pasado del surrealismo de Salvador Dalí al de René Magritte. Finalmente, tras más de dos horas en las que un público noble y paciente había soportado toda clase de acosos y provocaciones, el decano de la Facultad llegó, paró, mandó y templó a los novillos de intenciones aviesas y cornamenta afeitada, los devolvió al corral y el acto pudo finalizar con "normalidad". En el cercano cementerio de la Salud, Manolete, Guerrita, Lagartijo y Machaquito, los cuatro grandes califas del toreo, podían seguir descansando en paz.

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