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Marco Pantani siempre quiso subir antes

Este viernes se cumplen diez años de la muerte del mejor escalador de la historia por culpa de una sobredosis.

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Este viernes se cumplen diez años de la muerte del mejor escalador de la historia por culpa de una sobredosis.
El Pirata Marco Pantani, con su característico pañuelo. | Archivo

Para escribir sobre algo es mejor conocerlo. Haberlo visto, vivido, tocado. Algo así vale. En mi caso, hablar de un ciclista que falleció hace 10 años es hablar de un pasado realmente lejano, y al que poco pude ver. Pero nada he olvidado.

Por desgracia, este viernes se cumplen justo diez años de la muerte de uno de los ciclistas más talentosos. Producto de una sobredosis, Marco Pantani falleció solo en su habitación de hotel. Su vida, como su carrera, subía y bajaba constantemente. Y del trono de ser, probablemente, el mejor escalador de la historia, le mandó al olvido. Un olvido que por otra parte nunca se ha llegado a producir.

Si aquí , en España, el Chava era el ciclista más carismático de un ciclismo de los 90 mucho más valiente y atrevido que hoy día, Pantani lo era de toda una generación completa, capaz de poner entre las cuerdas a percherones como Induráin (ver aquella famosa etapa del Giro del 94 de la que ya hablamos), a Ullrich o al mismísimo Armstrong.

Pero era una época de ciclismo marcada por el dopaje. La época y él. Quizá por ello muchos aficionados desencantados de aquellos días no lo quieren recordar ahora. Prefieren pasar página y olvidar que aquellas etapas en donde un pequeño italiano de cabeza rapada con pañuelo al aire, perilla y pendientes en las orejas era capaz de poner patas arribas todos los esquemas de cualquier carrera.

Incluso de la Vuelta a Murcia, de donde soy y donde lo vi por primera vez. Escapándome del colegio en el recreo para conseguir un autógrafo suyo, que no llegó. Sí de Claudio Chiappucci, su rival italiano. Pero esa Vuelta, entonces sin crisis, tenía cinco días de competición y el quinto era una crono corta que pasaba siempre por la puerta de mi casa para acabar en la Gran Vía. Y allí aparecía él. Después de dar su exhibición en el Morrón de Totana. Era un ciclismo distinto.

Por eso, era raro ver a un hombre que iba a ganar el Tour luchando en una carrera de menor nivel en pretemporada. Aquellos primeros meses iban destinados a otros ciclistas, y que se implicara de esa forma Pantani decía mucho de su amor por el ciclismo.

Insisto: recordarlo sólo por el dopaje es no querer ver más allá. Pero tampoco se puede obviar su figura sin esa mancha en su historia. Aunque antes sufrió otro accidente que casi nos priva de ver al mejor escalador de la historia (ahora sin posiblemente). Fue tras su espectacular ascenso al olimpo del ciclismo en el 94, cuando destrozó a Induráin en Aprica. Un año después sería atropellado por un coche.

Se repuso y volvió con ganas. Una calamidad contra el crono, regresó con ganas en el Tour del 97. Superado por Ullrich y Virenque, el Pirata fue tercero en la general, adjudicándose dos etapas, una de ellas en el Alpe D'Huez, donde tiene el récord de subida más rápida. De hecho, las tres mejores marcas son suyas, del 95, 97 y 94.

Genio y figura, de carácter alegre pero con una rabia tremenda cuando la bici se empinaba. Al año siguiente, en el 98, consiguió el doblete Giro-Tour. Ya era un ídolo auténtico en su país. Ahora quería serlo fuera de sus fronteras. Ganó el Tour más polémico de la historia, con el caso Festina de por medio. Después de ese Tour, no volvería a ser el mismo. Sus rivales tampoco. El ciclismo cambió, para bien, en ese mes de julio.

Aunque para el recuerdo, su impresionante gesta en la subida al Galibier, en un día de perros, destronando a Ullrich, y pasando por encima del Chava Jiménez. No sería la primera vez que dejaría mal al de El Barraco. Que se cruzara Pantani por delante, tal vez, le podría haber servido. Se cruzaron dos vidas, mismo estilo.

Sin embargo, ese cambio, dejar atrás el dopaje, provocó que en su propio país la justicia deportiva le vinculara a la lacra de las trampas. Quedaban sólo dos etapas para finalizar el Giro de Italia de 1999. Pantani estaba arrasando, vestido de su inconfundible amarillo de Mercatone-Uno, y con ese mismo dorsal como ganador de la pasada edición, llevaba 4 etapas y era líder. Pero justo al ganar esa cuarta etapa, en Madonna di Campiglio, saltó la noticia (¡qué expresión más periodística!). Marco Pantani superaba el 50% de hematocrito, el límite permitido. Él dijo que fue por subir tan alto y tan rápido, como si los demás no hubieran subido a esa altura. Escoltado por la policía y apestado ya para muchos rivales.

No fue al Tour de ese año, pero sin sanción, regresó en el siguiente Giro, que abandonó. Ya no era el mismo. El dopaje, que le hizo subir tan rápido, le tiró al infierno a una velocidad vertiginosa, sólo comparable a sus descensos tras coronar primero, con una postura aerodinámica casi inconfundible.

Ya se estaban apagando los destellos del gran Pirata, no de los que llevan parche y pata de palo, si no de los que suben piñones y se elevan sobre la bici. Pero todavía quería más. Muerto en vida desde que se descubrió su positivo (algo que más adelante, el pasado 2013, destapó el Senado Francés, con muestras de ciclistas del Tour del 98, el del caos Festina, y donde se recoge la cantidad de positivos que entonces no dieron y ahora se conocen. Ya se sabe, el ladrón va por delante del policía), todavía tenías ganas de fiesta, en el mejor sentido de la palabra.

En el 2000, su verdadero último año de profesional, fue capaz de ganar dos etapas. En el Mont Ventoux, bajo un paisaje lunar, sin vegetación, superando al sprint a Armstrong. El tejano dice que se dejó ganar. Y le llamó Elefantino, por sus orejas, algo que no le gustaba. Tendría que pagarlo. A Pantani no le gustaban las cronos. Tampoco los que iban bien en ese terreno, especialidad de Armstrong y Ullrich. Les haría daño. Pero sólo a uno.

Porque días más tarde llegó su último triunfo. Fue en la subida a Courchevel, el mismo sitio donde años después Valverde superaría en un sprint a Armstrong. Pero esta vez, Pantani atacó desde abajo. Para volver a subir el primero. Su única meta. Dejó a Ullrich, se llevó a Armstrong a su rueda.

Por el camino, una vez más, se cruzó con José María Jiménez, al que pasó como una exhalación. Fin de dos carreras, aunque a éste todavía le quedó un año más de ganas de luchar.

Es anecdótico, pero, en su última victoria, Pantani pasa por encima del Chava. Premonitorio, quizá. Además, esa vez, Armstrong no le dejó ganar.

No volvió a ser el mismo. Seguía amando la bicicleta, pero ahora también la odiaba. En su pueblo, Cesena, se suceden los homenajes en torno a su figura. Incluso en Murcia, donde antes, hasta que llegó la crisis y dejó la Vuelta en una clásica de un día, la subida al Collado Bermejo se llamaba desde 2004 la Cima Pantani.

Él quería subir primero. Y lo hizo. Un escalador diferente y original a los de ahora. Sin mirar mediciones. Sólo sensaciones. Ganas. Y subir hacia arriba. La meta era llegar antes, ser el primero. Liviano y poco más de 1’70 de estatura. Suficiente para ponerse en pie sobre su bici y decir adiós. Aunque nunca se haya ido. Su figura, con pañuelo o sin él, apretando los dientes y mirando al infinito, será recordada.

Todos los días de San Valentín, una flecha nos indica la cima. Y a ella llega antes un Pirata. Es feo y de cuerpo bizarro. Pero siempre que se empina la carretera, aparecerá él. Como cada 14 de febrero, los enamorados con el ciclismo tienen una cita. Hoy se cumplen diez años de la peor cita que quisieran haber tenido.


* Texto publicado en el blog El Pisapapeles

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