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El vástago no reconocido del colectivismo

La llamada de la izquierda francesa a votar a Chirac para frenar a Le Pen, la decisión del fiscal de pedir a Garzón la imputación de más de 20 ex altos cargos del BBV, la libertad condicional de Gil tras pagar una fianza de 700.000 euros y la crisis del “corralito” financiero en Argentina son las noticias más destacadas en las portadas de prensa de este martes.

Todos los diarios vuelven a dedicar un editorial a la nueva situación política de Francia. Los de ABC y La Razón se centran más en analizar el fracaso y la división de la izquierda como origen del auge de Le Pen, mientras que los de El Mundo y El País se quedan más en el peligro que para Francia y Europa tiene el avance de la extrema derecha y la decisión de su líder de sacar a Francia de la UE en caso de ganar las presidenciales.

ABC señala que “al concurrir con siete candidatos la propia izquierda hizo piña contra Jospin, apostó por el suicidio, facilitó la desbandada de votos y sucumbió por implosión. El electorado buscó y no encontró en el socialismo clarificaciones y responsabilidades sobre asuntos que de verdad le preocupan. Sólo halló lugares comunes y el voto se polarizó: parte a la extrema izquierda y parte a la extrema derecha”. Para La Razón, “la izquierda europea debe restructurarse y hacer una severa y realista autocrítica si no quiere afrontar su virtual desaparición. El fracaso tiene unas razones concretas y no es ajeno a ellas el desencuentro con la sociedad. En el caso de Francia, como ocurre por otra parte entre nosotros, los partidos de la izquierda tradicional siguen izando viejas banderas que nada tienen que ver con los sentimientos y necesidades de sus votantes tradicionales. De hecho, si se hable de los efectos de una inmigración sin control, son las clases menos favorecidas quienes padecen las consecuencias, pero sólo escuchan en cambio un discurso ideologizado, caducado desde hace décadas, de quienes deberían defenderles”.

La responsabilidad de la izquierda francesa en el auge de Le Pen es ciertamente evidente. No sólo se remonta al cambio electoral que Miterrand estableció para favorecer a los grupos minoritarios, creyendo que la derecha iba a ser la perjudicada dando alas al Frente Nacional. Es que además, tiene una responsabilidad evidente también en el terreno ideológico. Aunque males bastante generalizados en Francia, nadie ha dado tanta corrección política al antisemitismo, a los grupos antisistema, a la antiglobalización, como los partidos de izquierda. Nadie tanto como ellos ha respaldado el nacionalismo económico y el odio al libre comercio por encima de las fronteras. Al menos, tanto como Le Pen, los dirigentes de izquierda han acusado al capitalismo internacional de borrar las identidades colectivas. Tanto como él, la izquierda multiculturalista ha pretendido disolver al individuo en identidades culturales. La “diferencia”, simplemente, es que la izquierda quiere trasladar y reproducir ese archipiélago cultural en el seno de Francia, mientras que Le Pen quiere que sean las naciones las que sigan constituyendo los islotes culturales. Pero es la izquierda la que, sin duda, ha dado un inmerecido prestigio y corrección política a ese multiculturalismo que, cualquiera que sea su modalidad, disuelve al individuo en el colectivo. El pluralismo y mestizaje, individualista y cosmopolita, de los Estados Unidos no es el modelo de la izquierda, pero tampoco es el de Le Pen.

En esa siembra de vientos que luego "atónita" recoge tempestades, la izquierda se niega a ver los conflictos que genera su defensa de una inmigración incontrolada y su negativa a que esta se integre, con el pretexto de defender sus raíces culturales. Ahí está, hoy mismo, El País reprochando a Chirac por “denunciar la cuestión de la inseguridad ciudadana, que esconde un rechazo xenófobo a la inmigración”. El único reproche que se le debería hacer al centro-derecha es no haber tenido sensibilidad del problema antes. Pero es que El País, como la izquierda francesa, -está visto- siguen empeñados en no verlo.

Al principio el ciudadano de a pie puede abstenerse de denunciar la inseguridad y los conflictos que causa una inmigración descontrolada y sin integrar por temor a que le califiquen de “xenófobo” o “racista”. Pero luego, -y más si los padece directamente como la mayoría del electorado obrero que ha votado a Le Pen-, le importa un rábano lo que le llamen.

El editorialista de El País no vivirá en barrios marginales, pero hay multitud de franceses que sí padecen el problema. Muchos de ellos, simplemente, apoyan al único partido que tradicionalmente ha sido receptivo a esas quejas. ¿Qué legitimidad tienen para reprochar a los franceses su voto a las soluciones xenofobas de Le Pen quienes no paran de repetir que sólo los xenófobos sienten el problema?.


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