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Lo previsto y lo que aún no se ve

La arrolladora aunque previsible victoria de Chirac en las elecciones prácticamente monopoliza las portadas y es objeto de comentario editorial en todos los periódicos.

Todos los diarios dicen sentirse aliviados por la amplia victoria del dirigente neogaullista que ha concentrado en su candidatura el voto anti-Le pen. La mayoría de editoriales, sin embargo, toman buena nota de los casi seis millones de franceses que han votado por el candidato ultra-nacionalista al tiempo que destacan el error que es considerarlo como “políticamente muerto” de cara a las elecciones legislativas del próximo mes de junio. La segunda vuelta de estas, a diferencia de las presidenciales, no se dirimen entre los dos, sino entre los tres diputados con más votos en cada distrito.

El Mundo considera que el paso de Le Pen a la segunda vuelta "ha mostrado las carencias de la democracia francesa y el descrédito de sus dirigentes. La rectificación de la segunda vuelta no invalida el voto de castigo que sufrieron en la primera los líderes de los partidos tradicionales Chirac, incluido. Europa puede respirar aliviada por los resultados de ayer. Pero sus gobernantes no deben echar en saco roto los peligros de un ascenso de la extrema derecha, impulsado por el aumento de la inmigración y la inseguridad en la calle. Dejar a la extrema derecha que capitalice estos problemas es un suicidio. Y gobernar como si los ciudadanos no existiesen es otro".

En cuanto a las legislativas del mes próximo, El Mundo advierte que las perspectivas electorales de Chirac no son buenas, no sólo por la presencia de Le Pen, sino porque “la izquierda ha aprendido la lección y va a acudir mucho más unida a la nueva confrontación.” En este sentido, su editorial advierte que una nueva cohabitación de Chirac con un primer ministro socialista, es un horizonte que espanta a los franceses tras las tres nefastas experiencias anteriores, especialmente la última. "Si así fuera, la reforma de la Constitución – y tal vez del actual sistema electoral- sería inevitable y Francia entraría en una etapa de fuerte inestabilidad política”.

Para ABC, “la izquierda y la derecha democráticas tienen el desafío de saber canalizar las pulsiones populares, allí donde la demagogia se hace con un rico botín de votos que por encima de todo son un grito de alarma. Ante ello, hay que rearmarse de ideas y razones y abandonar la indigencia intelectual ante los comicios de junio”.

La Razón considera que “aunque la izquierda se consuele del desastre pensando que la victoria de Chirac es en parte su triunfo, tiene poco más de un mes de tiempo para abandonar su viejo discurso de “izquierda plural”, sentarse a meditar acerca de sus propuestas y asumir que su labor de Gobierno ha sido un rotundo fracaso que no puede atribuir a otros. Cabe, por supuesto, la tentación de “volver a los orígenes” y radicalizar el mensaje para recuperar el voto de los trabajadores prestado a Le Pen, pero incluso en este caso no deben olvidar que los resultados no acompañaron precisamente las esperanzas de los candidatos troskistas, que abanderaban las propuestas más duras de la izquierda gala."

El País, por su parte, sigue anclado en el mismo análisis de siempre. Culpa a Chirac “porque su programa había alimentado en parte a Le Pen, con su prioridad, en su modesto discurso de triunfo de ayer, en la lucha contra la creciente inseguridad ciudadana, vinculada en el imaginario popular a la inmigración”.

En cuanto a la izquierda, El País, aunque admite de forma retórica la necesidad de su renovación, asegura que “el balance de gestión de Jospin resulte más que decente”. El País sigue, como ven, sin querer enterarse de que el auge de Le Pen se ha debido precisamente a esa inhibición ante los problemas, tan reales como graves, que genera la delincuencia y la inmigración descontrolada. La relación de ambas cuestiones no es fruto "del imaginario popular" sino un dato estadístico. Chirac no sólo ha hecho bien percibiendo esta cuastión que tanto preocupa a los ciudadanos de diversas ideologías políticas, sino que debe obrar en consecuencia y demostrar que la alternativa a las soluciones de Le Pen no pasa, como hace la izquierda, por negar el problema.

Salvo en esta cuestión, por lo demás, el programa de Le Pen prácticamente está calcado de la extrema izquierda. Aunque el centro derecha francés es escasamente liberal, si alguien tiene culpa, tanto en el terreno electoral como ideológico, del auge de Le Pen ha sido la izquierda.

Una última observación, que cabría ya dirigirla a la mayoría de los editoriales, es esa de insistir en negar el carácter democrático a la extrema derecha y otorgárselo a la extrema izquierda. Muchos dan el beneplácito a la “izquierda plural” y respaldarían que los socialistas fueran coaligados con comunistas y troskistas, pero lanzarían al abismo de la excomunión democrática a la derecha si pactara en algo, por puntual que fuera, con el Frente Nacional.

Con respecto a nuestro país, el nacionalismo de Le Pen, por étnico y excluyente que se quiera, es perfectamente equiparable al del Partido Nacionalista Vasco. Para proclamas racistas y xenofobas ahí están las del fundador de ese partido, Sabino Arana, o las de su actual presidente, Xabier Arzalluz. En Francia, la “unidad de los demócratas” pasa por excluir a los nacionalistas; aquí, por el contrario, supone contar con ellos.



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