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Yo también estuve (en el Muñoz Seca)

El homenaje que tributado a Boadella en el Muñoz Seca alimentó una incógnita: ¿se inspiró Jordi Pujol en el cómico para entregarse al delito?

José Mª Albert de Paco
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El homenaje que Libres e Iguales tributó anoche a Albert Boadella en el teatro Muñoz Seca alimentó una incógnita: ¿se inspiró Jordi Pujol en el cómico para entregarse al delito? Quien aventuró esa posibilidad, al hilo de la coincidencia entre el estreno de Ubú president y el despegue de la carrera criminal del segundo, fue Arcadi Espada. Según su aviesa especulación, la obra de Boadella fue tan retorcidamente profética que, de hecho, bien pudo instigar el delito a fuer de prefigurarlo. Al cabo, y como es fama, la naturaleza imita al arte, y la boadelliana de Espada fue, ante todo, una sobrecogedora teoría sobre el arte. Minutos antes, Cayetana Álvarez de Toledo, que calificó a Boadella de "español ideal" (por oposición al tan cacareado "catalán ideal"), había excitado el paladar del público leyendo algunos de los insultos de que había sido objeto el dramaturgo catalán. Tan sólo eché de menos el sonoro "hijo de puta" que el crítico teatral Joan de Sagarra evacuó en la Monumental una tarde de mediados de los noventa, a sabiendas de que Boadella estaba en uno de los tendidos. La omisión, no obstante, es comprensible. El (pertinaz) antiboadellismo también ha arraigado, ay, en la tradición oral, y Cayetana atendió únicamente a la escrita; así, de su retahíla de hostilidades quedaron excluidos el vocerío y los sprays; también, necesariamente, los odoríferos. Cuando, en diciembre de 2005, Boadella presentó en Gerona el manifiesto de la plataforma cívica Ciutadans de Catalunya, un grupo de nacionalistas tomó el vestíbulo del hotel que acogió el acto y uno de ellos (asaz viscoso, asaz hermafrodita, y que hoy debe de ser secretario de juventudes o director general de Aculturaciones) roció a Boadella con uno de esos aerosoles. Como si fuera una cucaracha, en efecto. En este punto, Espada recordó que, de los tres diputados electos por Ciudadanos en las primeras elecciones a las que concurrió el partido, Antonio Robles, José Domingo y Albert Rivera, sólo el primero se hallaba entre los casi 300 espectadores que arropábamos a Boadella en el Muñoz Seca. Domingo, entiéndase, fue la torna de Rivera, desatento, en general, con los intelectuales que alumbraron el camino, y hostil, en particular, al legado de Arcadi Espada. De la glosa del oficio se ocupó Ramon Fontserè, que resucitó, además de a Daaaaaaalí y a Pla, a Ubú, un Ubú achacoso, decrépito y, sobre todo, contrariado. ¿A santo de qué esta ciudad, una ciudad que le había investido (¡a él!) con el título de Español del Año, se rendía ahora a un torracollons como Boadella? El amor lo puso Dolors Caminal, a quien soy incapaz de ver sin el matamoscas con que su marido la celebró en Adiós, Cataluña, en un pasaje que tengo por la más prodigiosa muestra de veneración a una mujer que jamás haya leído:

¡Pataplás! ¡Plas! Con el matamoscas que tiene siempre a mano, acaba de eliminar dos ejemplares molestos, en una nueva demostración de pericia, esta vez, con taza de café en la mano. Su habilidad en la caza del bicho invasor es prodigiosa: los liquida en los lugares más peliagudos sin causar estragos colaterales. Puede realizarlo sobre la pantalla de una lámpara, en el borde de un jarrón, en la cabeza de una estatuilla o en mi propio brazo. Lo que asombra de su gesto es su precisión, sin apenas precipitación, y empleando nada más que el esfuerzo exacto para poner fuera de combate al insecto, pero sin desperdiciar ningún sobrante de energía, cosa que, además, podría afectar a la integridad del objeto.

En ese mismo libro proclamaba el Bufón su deseo de fundar un partido donde él mismo -uno y trino- encarnase al presidente, al secretario general y al disidente. En la réplica al agasajo, Boadella satisfizo en parte esa vieja querencia, pues se escindió en Albert, el complaciente Albert, y Boadella, el desabrido Boadella. En un duelo interpretativo que apuraba ese otro gran leitmotiv del teatro de Joglars, la esquizofrenia, el primero agradeció el inmerecido homenaje conforme a la untuosidad retórica de, pongamos, los premios Goya o Max, y el segundo, ferviente defensor del orden público, se quitó la faja: "A mí lo que me gusta, sépanlo ya, es sentarme frente al televisor y ver cómo la policía carga contra los alborotadores; eso y los homenajes que, por supuesto, merezco". En el tira y afloja se impuso Albert con un argumento irrebatible: "Para que tú y yo comamos, Boadella, también hace falta que unos cuantos progres pasen por taquilla".

A modo de cesura, un documental de José Luis López-Linares (la clásica tarjeta plagada de dedicatorias) dio voz a Alfonso Guerra, Paco Mir, Félix Ovejero, Salvador Sostres, Xavier Pericay y hasta una treintena de boadellistas que dejaron su afecto en prenda. También hubo carcajadas: Bernat Jansà, hijo de la primera pareja de Dolors Caminal, contó cómo de niño Boadella trató de curar su irredento malhumor disfrazándolo de nazi y paseándolo por los alrededores de la casa nova de Pruit, para pasmo de los barceloneses que andaban de excursión. Y se vino arriba el Muñoz Seca como se viene arriba el Falla en los carnavales de Cádiz.

Entre las personalidades que ocuparon las primeras filas figuraban Esperanza Aguirre, Nico Redondo Terreros, Mario Vargas Llosa, Toni Cantó, Joaquín Leguina, Hermann Tertsch, Federico Jiménez Losantos… La caverna, en fin, en felicísima comunión. El despiporre llegaría con la posterior cena en El Pimiento Verde, que reunió, entre otros, a la propia Esperanza, Daniel Gascón, Aurora Nacarino-Brabo, Luca Costantini, Laura Fàbregas, Verónica Puertollano, Juan Arza, Carina Mejías, Patricia Jacas… Y, claro está, un Albert cada vez más abrumado y un Boadella cada vez más hosco, más huraño, un Boadella que no dejaba de tentarse la ropa, que es un modo como otro de calibrar el malentendido.

El 24 de octubre, un correo de Cayetana a Verónica había dado el pistoletazo de salida a los trabajos de preparación del homenaje. Un mes, veinte días y dos horas después, el homenaje rendía su último aliento. Había que celebrar el milagro y Arcadi, disfrazado de Espada, cantó "Esta noche me emborracho", su tango fetiche. Por la mañana, en Barcelona, habían atacado la sede de Ciudadanos y, ya en la calle, tuve ganas de cantar, con Silvio Rodríguez:

Soy feliz, soy un hombre feliz
y ruego que me perdonen
los muertos en este día
por mi felicidad.

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