El típico brote psicótico en el nombre de Alá
Que los terroristas no están en sus cabales es manifiesto. Nadie que vaya por ahí dando vivas a Alá debe ser considerado sano mentalmente hablando.
Los Mossos d'Esquadra guardan celosamente la identidad del individuo que mató a una joven el pasado sábado en la localidad barcelonesa de Esplugues de Llobregat. El suceso ocurrió en el acomodado barrio de Finestrelles, donde se emplazan algunos de los colegios privados internacionales más caros. Nuestro criminal se paseaba por aquellas calles exhibiendo un cuchillo o machete de considerables dimensiones. Las imágenes circulan en abundancia por las redes sociales.
La consejera de Interior de la Generalidad, Núria Parlon, ha desvelado, eso sí, que los policías se inclinan por la tesis de que el detenido habría actuado bajo la influencia de un brote psicótico. Que fuera invocando a gritos el nombre de Alá, como sostienen algunos testigos, no parece ser relevante para los investigadores. La hipótesis del terrorismo yihadista corre desbocada por las redes, pero los Mossos la descartan con una contundencia absoluta. Igual que descartan por el momento dar información sobre la nacionalidad o procedencia del detenido.
La hipótesis del brote psicótico es perfectamente compatible con la hipótesis de la naturaleza terrorista del crimen que los agentes niegan. Que los terroristas no están en sus cabales es manifiesto. Nadie que vaya por ahí dando vivas a Alá debería ser considerado sano mentalmente hablando.
Sucede además que no es la primera vez que en España se registra un incidente de estas características. El género del zumbado con un cuchillo en la mano pegando voces por la calle es un clásico nacional. Las redes van llenas de sucesos de esas características, siempre protagonizados por personajes de similares orígenes y con parejas motivaciones.
En 2023 un criminal llamado Yassine Kanjaa, de nacionalidad marroquí, asesinó al sacristán Diego Valencia e hirió al sacerdote Antonio Rodríguez. Sucedió en Algeciras. Un informe forense sostenía que el asesino sufría un "cuadro de filiación esquizofrénica con una descompensación psicótica aguda". En la sentencia se atribuyó el crimen al brote psicótico y se descartó la motivación terrorista porque el brote anulaba las facultades intelectivas y volitivas del sujeto. Que se considerase un "elegido" que tenía que acabar con los "poseídos" sólo dio que pensar al magistrado que emitió un voto discrepante.
Más casos. En 2018 y no lejos de Esplugues, en Cornellá de Llobregat, un argelino llamado Abdelouahab Taib entró en una comisaría de los Mossos esgrimiendo un cuchillo y profiriendo consignas islamistas. La policía que estaba en recepción lo abatió haciendo uso de su arma reglamentaria. La Audiencia Nacional catalogó el asunto como un "atentado terrorista aislado".
El año pasado sucedió algo similar en otra comisaría catalana, la de la policía local de Montornés del Vallés. Un joven apellidado Diawara irrumpió con un cuchillo y fue abatido por un agente en prácticas. El incidente se atribuyó a un trastorno mental y el policía que le disparó fue investigado por homicidio imprudente. Y un año antes, en 2024, un individuo llamado Hamza Warris, de nacionalidad pakistaní, asaltó con un hacha el mostrador de un establecimiento de comida rápida en un centro comercial de Badalona dando voces a favor de Alá. Fue reducido por un mosso de paisano y no hubo muertos. La Audiencia Nacional lo condenó por terrorismo, pero sólo a tres años y ocho meses de prisión. Debería ser expulsado tras cumplir la pena.
Hechos aislados y brotes psicóticos. La típica costumbre que hay que respetar. La fiesta del pirado con un machete en la mano. O el día de atropellar infieles. El pasado 8 de abril y en las mismas Ramblas de Barcelona de los atentados del 17 de agosto de 2017 un sujeto de las características que los antecitados le preguntó a una mujer si era cristiana. Confirmada su sospecha, agredió a su víctima al grito de "¡puta cristiana!". Por suerte no llevaba armas blancas encima.
Tal vez habría que proteger algo más a las víctimas y algo menos a sus asesinos, empezando por ese absurdo celo por preservar su intimidad. Y más cuando es obvio que si los de tenidos son españoles se difunde su nombre, edad, lugar de nacimiento, estado civil y todas las características que hagan falta sin el más mínimo reparo.
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