
Locas del coño
"Detrás de un cursi siempre se esconde un hijo de puta". La frase, de Sergio del Molino, es probablemente una de las afirmaciones más precisas pronunciadas en lo que va de siglo XXI. Todos los movimientos antidemocráticos de la última década y pico han sido, además de antiliberales y violentos, profundamente cursis. La izquierda procura alternar el discurso cuqui de mantita suave, osito de peluche kawaii y taza de Mr. Wonderful con ataques enloquecidos contra cualquier adversario. O contra cualquier colectivo que no esté bendecido por la ideología correcta. Escuchemos las palabras de la prominente feminista y militante proetarra Irantzu Varela: "¿Fantaseas con la idea de cargártelos a todos? ¿O eres de los que cree que hay que cargarse sólo a los que se lo merecen? ¿Has hecho el cálculo de que si cada una nos cargamos a uno… desaparecen?". Nadie que no tenga el cerebro reblandecido por la ideología le encuentra la gracia a la frase, como no se la encontraríamos si el género de las palabras estuviera cambiado, pero estamos suponiendo que las feministas profesionales son gente normal, y no.
Conviene recuperar ciertas expresiones que fueron expulsadas del discurso público por la censura ofendidita. Engañar como a un chino. Trabajar como un negro. Se supone que estamos obligados a soportar a petardas insufribles diciendo "les niñes", pero tenemos que buscar alternativas sin gluten y sin lactosa para que los intolerantes a la realidad no hiperventilen en sus espacios seguros de pinta y colorea. Por la mañana "todes nosotres", por la tarde "hay que matar a todos los hombres". Feminazis. Otra palabra a recuperar. Es precisa como el bisturí de un cirujano y además a las cretinas como la proetarra Varela les molesta, porque les define.
Pero el problema no es que una tarada que comparte partido con asesinos de niños haga un vídeo promocional para que sus seguidores más faltos de ácido fólico durante el embarazo acudan a su monólogo de lipídica resentida. Esa gente está mejor reunida bajo un mismo techo que en la calle escupiendo a los viandantes o ladrándole a las ardillas. Lo perverso de la perorata de la loca del coño (Koño Lokuak, en vasco) es que no sucede en el vacío: el mismo sistema político y social que premia un discurso que en cualquier sociedad sana supondría la automática defenestración del autor es el que ha exterminado la presunción de inocencia para los hombres denunciados por sus parejas, exparejas o ligues de una noche. Dani Alves pasó un par de años en la cárcel pese a que la supuesta víctima mintió en la denuncia, y aun así los jueces que le condenaron decidieron que el hecho de que la denunciante hubiera mentido en los hechos comprobables no significaba que hubiera mentido en los que no lo eran. Así que con el testimonio falso de la mujer como única prueba, enchironaron al futbolista. Ella cobró su indemnización, que nunca devolverá, y a él le pagarán dos chicles y un imperdible usado por los 437 días que pasó en la cárcel. Y esto le pasó a un señor con suficiente dinero para vivir tres vidas, ¿qué no le podrá pasar al común de los mortales?
¿Qué dijo el feminismo institucional de la absolución de Dani Alves? ¿Se incomodó, siquiera ligeramente, por una condena injusta? Por supuesto que no, se indignó porque no se condenara a un inocente. Porque el hombre es culpable por el mero hecho de serlo, dado que las mujeres no pueden mentir. Es metafísicamente imposible. No lo digo yo abusando de la parodia: lo dicen las feministas. Todo el feminismo realmente existente se basa en que el testimonio de una mujer es infalible, como el Papa. Cedo la palabra a Cristina Fallarás: "El que ponga en duda el testimonio de una mujer, que vaya a terapia, que tiene un problema mental".
Hace un par de semanas un joven de La Coruña se libró de acabar una década en prisión porque su abogado fue capaz de encontrar las imágenes de las cámaras de seguridad que demostraban su inocencia y que la denuncia era falsa. Sin esas imágenes ese chaval estaría comiendo barrotes hasta los Juegos Olímpicos de Brisbane, y habría arrastrado el estigma de violador el resto de su vida. Pero tuvo suerte. ¿Cuánta gente hay en la cárcel que no ha sido tan afortunada? Inocentes en prisión ha habido y habrá siempre, porque errar es humano, pero los hombres encarcelados sin pruebas no son víctimas de errores judiciales, sino del diseño mismo del sistema, uno en el que bromear con la idea de matar a todos los hombres está socialmente aceptado.
