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Nacionalidad queer

La nación actúa como vehículo consciente de un horizonte de sentido que la trasciende. Cuando olvida su historia, se degrada en ego comunal.

La nación actúa como vehículo consciente de un horizonte de sentido que la trasciende. Cuando olvida su historia, se degrada en ego comunal.
Inmigrantes esperan su turno para regularizar su situación legal en España en Hospitalet de Llobregat. | Cordon Press

Una mañana más, abres una ventana virtual al mundo, tropiezas con el escándalo político aislado del día y te preguntas: ¿qué es ser español? ¿Se nace, se hereda, se vota…? No lo sabemos. Lo español, como todo lo demás, avanza en su proceso de queerificación: se vuelve fluido y performativo. Ya no es una pertenencia concreta, sino una etiqueta mutable que el partido redefine según convenga. Si votas bien, eres pueblo. Si votas mal, eres su enemigo. Porque lo que sí sabemos es que hay españoles que votan mal y, por más pedagogía estatal que se les aplique a través de los medios públicos, la cultura subvencionada y la propaganda hasta en el gazpacho veraniego, no se logra el efecto deseado: fomentar el pride del buen español antifascista de escaparate y votante del PSOE.

"Defendamos la democracia", dicen. Pero si los votantes no gustan, se les adoctrina y, si no obedecen, se ensancha el concepto de español hasta que el cuerpo político resulte más manipulable. No importa el color de la piel, ni el acento. No somos racistas: somos partidistas. Aquí lo decisivo no es de dónde vienes, sino a quién votas o a quién podrías llegar a votar. Ser español ya no significa pertenecer a un lugar ni compartir una historia. Es un sentimiento: el sentimiento de ser del PSOE.

La Ley de Nietos permite optar a la nacionalidad española de origen a descendientes de españoles exiliados y a otros supuestos vinculados a leyes de memoria. A estas alturas ya sabemos qué suele esconderse detrás de las palabras memoria y reparación: una narrativa de culpa administrada desde el poder, donde España aparece siempre como pecado histórico y el Estado como único sacerdote autorizado para conceder absoluciones. Lo curioso es que esa reparación acabe convertida en una vía masiva de ciudadanía por descendencia, sin exigir residencia, integración, contribución ni haber pisado el país. Basta un expediente y paciencia consular para acceder a derechos plenos. No hablamos del español que emigra y conserva una pertenencia previa, sino de convertir una supuesta genealogía remota en ciudadanía efectiva sin arraigo alguno.

Las cifras provocan alarma: millones de citas, más de un millón de expedientes y cientos de miles de nacionalidades aprobadas. A la vez, el Gobierno impulsa regularizaciones extraordinarias. Regularizar no es nacionalizar, pero la dirección política es clara: ampliar el cuerpo político por vías excepcionales mientras se evita el debate esencial sobre arraigo, soberanía y pertenencia. No hace falta imaginar conspiraciones para advertir una tentación evidente: cuando el votante real no acompaña, el poder empieza a mirar con dientes largos al votante potencial. Si se ofrecen privilegios y ayudas a determinados grupos en disposición de votar, lo normal es que lo vean como una oportunidad de negocio.

El Bono Cultural Joven de 400 euros para quienes cumplían 18 años fue presentado como una medida de acceso a la cultura. El entonces ministro Miquel Iceta compartió un titular que decía: "¿Tienes 18 años? Además de votar, puedes disfrutar los 400 euros del Bono Cultural Joven". Y ante esto, ¿quién no siente, al menos por un segundo, la tentación de vender su voto a precio de tarjeta regalo? Hemos visto al propio Page hablar de pucherazo en el Comité Federal del PSOE. Quien ha visto a un partido jugar con sus propias reglas internas tiene derecho a preguntarse qué no hará cuando lo que está en juego ya no es una secretaría general, sino el perímetro mismo del demos.

La misma izquierda que lleva años explicándonos que España es fascista parece encantada de multiplicar españoles cuando proceden de una narrativa que ella administra. No hace falta robar una democracia de golpe. Basta con alterar lentamente las condiciones de pertenencia y el significado de las palabras: pueblo, nación, mujer, hombre… Un país que ya no sabe decir quién pertenece a él tampoco sabe decir qué es.

Una nación tiene valor en la medida en que actúa como molde, como vehículo consciente de un horizonte de sentido que la trasciende. Cuando olvida su historia y aquello que le ha sido legado, deja de ser cauce y se degrada en ego comunal: una identidad vacía y manejable. El amor a la patria se demuestra con entrega. No existe solo para uno mismo, sino para aquello que, a través de nosotros, busca llegar al mundo.

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