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José García Domínguez

Tiempo de cenizas

De un incendio sofocado no se saca un solo titular; de una tragedia bien administrada, en cambio, se pueden exprimir docenas de telediarios.

Casas quemadas en los alrededores de el embalse de El Burguillo por el incendio que se originó en Burgohondo (Ávila) | EFE

Cada verano, la misma historia. España arde, y con ella arde también el ritual de fingir gran sorpresa, como si el fuego no fuera el huésped puntual de siempre. No hay misterio. España no arde por casualidad, ni por sequía, ni por el cambio climático. España arde porque, sencillamente, ya no hay nadie que la habite. La España interior lleva décadas vaciándose, y el fuego no hace sino certificar lo que la demografía viene anunciando desde hace décadas: que un territorio sin gente es un territorio sin dueño. Y un territorio sin dueño, tarde o temprano, se quema.

Pero ese vacío tiene fecha de caducidad. Toledo, Ávila, León, Zamora, Lugo, Orense: comarcas enteras sostenidas por la pensión del abuelo, el subsidio encubierto que mantiene con vida aparente economías en coma terminal. Cuando el último pensionista se extinga, se apagará con él el último argumento para seguir fingiendo que allí existe un país. Entonces el fuego dejará de ser noticia, sencillamente, porque ya no quedará nada que quemar. Ni siquiera hará falta decretar la evacuación: se habrá decretado sola, muerte a muerte, sin que nadie firmara el decreto. Mientras tanto, el espectáculo manido. PSOE y PP, coordinando reproches en lugar de mangueras; y siempre con el mismo fervor con el que rehúyen la única solución sensata: terminar con la ficción de la "solidaridad" autonómica y crear una autoridad única, central y centralista, capaz de proceder sin esperar el visto bueno de diecisiete administraciones.

Pero pedir eso es pedirle peras al olmo: ellos no gestionan catástrofes, las administran políticamente, que es un negocio bien distinto. Al cabo, de un incendio sofocado no se saca un solo titular; de una tragedia bien administrada, en cambio, se pueden exprimir docenas de telediarios. Así que arderá España otra vez el año que viene. Y el siguiente. Y el otro. No por fatalidad, sino por diseño: el de un país que eligió amontonarse en dos o tres ciudades y abandonar el resto a su suerte. Los rayos, como todos los años, tendrán la culpa. La demografía, como todos los años, será la explicación que nadie querrá escuchar.

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