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Récord de extranjeros sin trabajar

Ningún sistema de protección social resiste si el número de personas que lo sostienen tiende a hacerse menor que el de quienes dependen de él.

Ningún sistema de protección social resiste si el número de personas que lo sostienen tiende a hacerse menor que el de quienes dependen de él.
Cordon Press

La prensa gubernamental lleva horas en éxtasis: la tasa de paro ha bajado al 9,87%, lo nunca visto desde el clímax de la anterior burbuja inmobiliaria, en 2008. Aquí, es sabido, se celebra como hazaña épica rozar el diez por ciento de desempleo, nivel tercermundista por antonomasia. Bajando a la letra pequeña, el paro de los españoles ronda el 9,5%, pero entre los extranjeros se dispara al 17,2%, casi el doble. Y acaso procedería preguntarse por qué, cuando llevamos años bombardeados con la cantinela de que en España hace falta importar mano de obra, resulta que el 17,2 % de la importada no le hacía falta a nadie.

Ahí empieza lo que casi nadie quiere nombrar: setecientos treinta mil extranjeros están en paro y casi dos millones más ni tan siquiera se encuadran en la población activa. Cifras excesivas que invitan a contemplar una hipótesis incómoda: que una parte notable de ellos no represente mano de obra ocasionalmente ociosa, sino excedentes demográficos de sus países de origen, personas abocadas a subsistir de modo permanente con cargo a los servicios públicos españoles. A ello procede añadir los que el Gobierno se dispone a regularizar, un millón en números redondos; tras la previsible reagrupación familiar, en torno a tres millones adicionales.

Pero traduzcamos estas cifras a mapas, que es como se entienden. Los extranjeros inscritos en las listas del paro pesan hoy más que toda la población de Cantabria; los inactivos extranjeros equivalen a los censos sumados de Asturias, Cantabria y La Rioja. Y si añadimos a los contingentes de la regularización multitudinaria en marcha, la analogía precisa sería imaginar que la totalidad de los habitantes de Cataluña, sin excepción, dejasen de ir a trabajar mañana. El problema resulta demoledoramente obvio: ningún sistema de protección social resiste indefinidamente si el número de personas que lo sostienen con su trabajo tiende a hacerse menor que el de quienes dependen de él. O el establishment quiere crear un gran consenso político para desmantelar el Estado del bienestar con el apoyo de las urnas, o no hay manera de explicarlo.

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