
Este sábado se cumplen diez años de la investidura de Carles Puigdemont como presidente de la Generalidad, una década en la que quien fuera alcalde de Gerona ha protagonizado toda clase de sucesos y "aventuras" políticas, incluidas dos fugas, dos detenciones (Alemania e Italia) y un número indeterminado de reuniones con Santos Cerdán y José Luis Rodríguez Zapatero en Suiza y Bélgica.
Tras los intensos años del Procés, Puigdemont ya es una estrella declinante. Sus andanzas no tienen el éxito mediático de antaño. La aritmética parlamentaria le permite sobrevivir políticamente como el administrador de siete votos en el Congreso de los Diputados que fueron claves en la última investidura de Pedro Sánchez y de los que depende el presidente del Gobierno, pero su liderazgo en el campo separatista está seriamente cuestionado y el auge de Sílvia Orriols y su Aliança Catalana amenaza con fulminar definitivamente a un político cuya trayectoria ha consistido en tratar de mantenerse a flote mientras todo se hundía a su alrededor.
Presidente por accidente, su nombramiento fue la conclusión de una operación de la CUP en contra de Artur Mas, a quien consideraban poco de fiar, un independentista de pose y de última hora con el que no se podía concluir el trayecto hacia la declaración de independencia.
En los días previos a la investidura de Puigdemont, que tuvo lugar sobre la campana un domingo, el 10 de enero de 2016, la CUP sometió a votación en varias ocasiones la continuidad o relevo de Artur Mas haciendo valer el peso de sus diez diputados en el Parlament. La coalición Junts pel Sí contaba con 62 diputados y por tanto necesitaba a la formación antisistema para superar la suma de 63 diputados del resto de los partidos.
La presión contra Anna Gabriel
Anna Gabriel, en la actualidad retirada de la política, era por aquel entonces el gran referente de la CUP y contra ella ejerció Convergencia una presión que no dio ningún fruto. Un periodista que entonces militaba en el partido de Mas y ahora trabaja en un diario nacional llegó a llamar a Gabriel "puta traidora" en un tuit que fue borrado con posterioridad.
La presión, casi hostigamiento, no impidió que la CUP forzara el relevo de Mas por un entonces desconocido Puigdemont al que en este mismo diario se definió en aquel momento como un "convergente radical" y "separatista de primera hora". Prueba del ambiente tóxico contra la CUP, además de los insultos en redes, fue la singular convocatoria de un grupo de elementos del secretariado de la entonces todopoderosa Assemblea Nacional Catalana (ANC), quienes se encerraron un día en un colegio de los Escolapios en el centro de Barcelona para llevar a cabo un ayuno ("huelga de hambre" decían) a fin de que Mas fuera investido presidente.
Los firmantes de la convocatoria fueron, entre otros, Lidia Alberich, Antoni Llimona, Rosa Planas, Daniela Grau, Manel Porta y el historiador Víctor Cucurull, personaje de cierto relieve en Cataluña por sus delirantes teorías sobre el origen catalán de santa Teresa de Jesús, Leonardo da Vinci, Erasmo o Hernán Cortés, entre otros personajes históricos.
El "sacrificio" no ablandó a la CUP, que en palabras del entonces diputado antisistema Benet Salellas, mandó a Mas a la papelera de la historia. Diez años después, Salellas ejerce de abogado de Santos Cerdán.
Independencia y otras promesas
En cuanto a Puigdemont, ya mostró en su primer discurso por donde discurriría su abrupta legislatura. "Sin nación seremos resignación", dijo en un juego de palabras al que es gran aficionado. Según las crónicas de la investidura, Puigdemont invirtió cincuenta minutos en un discurso que fue en su mayor parte leído y en el que prometió todos los objetivos de la CUP, renta garantizada de ciudadanía incluida y hasta un "estatuto del artista".
En aquel momento Puigdemont era un perfecto desconocido fuera de Gerona que llevaba el mismo peinado que Anna Gabriel, quien frecuentaba los homenajes en el País Vasco a los presos de ETA. El principal detalle de la biografía de Puigdemont era que presidía la Asamblea de Municipios Independentistas (AMI), que había declarado persona non grata a la delegada del Gobierno en Cataluña. María de los Llanos de Luna y que había asegurado en un mitin en 2013 que "los invasores serán expulsados de Cataluña".
En su investidura se mostró como un digno sucesor de Pujol y de Mas. Retórica patriótica, promesas de toda clase, épica y el mismo callejón sin salida, un proceso ilegal cuyos momentos culminantes fueron un referéndum igualmente ilegal, la proclamación, suspensión y reproclamación de independencia y la fuga en un maletero ayudado por al menos dos agentes de los Mossos d'Esquadra.
Diez años después de su investidura, Puigdemont aún espera en Waterloo la amnistía. Entre marzo y abril se prevé que la justicia europea resuelva si la malversación es amnistiable y si la propia amnistía es conforme a derecho. La pelota volverá entonces al tejado del Tribunal Constitucional, que tendrá la última palabra.
Sólo Vilaweb se acuerda
En Vilaweb, el decano de los medios digitales elaborados en Cataluña y de orientación nacionalista, destacan la efeméride. Es el único medio catalán que recuerda la fecha. En la información explica que la familia de Puigdemont, su esposa y sus dos hijas, de 18 y 16 años, van a Waterloo siempre que pueden, una semana sí y otra no, puentes y festivos.
En el plano político, la ruptura de las negociaciones con el Gobierno de Pedro Sánchez ha sido contrarrestada por el líder socialista con gestos hacia el presidente de ERC y archienemigo de Puigdemont, Oriol Junqueras, quien tras reunirse con Sánchez el jueves se ponía ayer mismo la medalla de la financiación "singular" para Cataluña. En el partido del prófugo dicen que el modelo es el café para todos de siempre aunque en mayor cantidad.
Puigdemont, antes un fijo en los listados de noticias más leídas, ya no está en el candelero. Ahora es Sílvia Orriols y su separatismo de ultraderecha quien ocupa su lugar.

