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Pablo Planas

El 'Cercle'

Los selectos miembros de la entidad económica han recibido muy cordialmente a un "vendedor de coches usados al que jamás se le debería comprar nada".

Pedro Sánchez y Salvador Illa en la segunda jornada de la reunión anual del 'Cercle de Economía'. | EFE/ Quique Garcia

Uno de los más potentes centros de poder de la Cataluña del Palau de la Música y los Comités de Defensa de la República (CDR) es el Cercle d'Economia, nacido en 1958 como Círculo de Economía. La entidad, compuesta por lo más granado de la burguesía autóctona, organiza cada año unas jornadas que son de obligada comparecencia para los dos principales políticos españoles, el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición. Es una tradición que sirve, entre otras cosas, para que los caciques locales, con el presidente de la Generalidad al frente, se manejen como si aquello fuera una cumbre informal entre Cataluña y España.

Un número no menor de los socios del Cercle contribuyó generosamente al esfuerzo independentista y un número aún mayor trasladó sus empresas fuera de Cataluña cuando las cosas se pusieron feas. La entidad pretende ser el faro de la economía, el vigía de la política y la vanguardia de la sociedad catalana, todo ello sobre la base de la peregrina idea de que el resto del mundo está formado por una caterva de imbéciles sin remisión.

El supremacismo social, cultural e identitario es el nervio de los círculos catalanes: del Círculo Ecuestre al Círculo del Liceo, del Cercle d'Economia al Foment del Treball –no hace tanto Fomento Nacional del Trabajo–, de la Lliga Espiritual de la Mare de Déu de Montserrat al suquet de Portabella, el civet de Fonteta y el Club de Polo.

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Según no pocas crónicas periodísticas, habría sido en el marco incomparable de las jornadas del Cercle d'Economia cuando se obró el milagro de la conversión del líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, quien tras caer del caballo estaría en disposición de comprender que existe una Cataluña más allá de esa peña empresarial que le mira como si fuera un paleto mientras aguarda la ocasión para robarle la chequera.

En ese mismo escenario, los selectos miembros de la entidad económica han recibido muy cordialmente a un "vendedor de coches usados al que jamás se le debería comprar nada", según la definición que hizo Puigdemont de Pedro Sánchez pocas semanas antes de convertirlo en presidente del Gobierno. La flor y nata de la empresa catalana ha aplaudido con gusto cuando ese mismo Pedro Sánchez, que gobierna con presupuestos prorrogados desde 2023, ha anunciado todo solemne que ha dado orden de preparar sus primeros presupuestos generales para 2027, año en el que acaba la legislatura. Puede que muchos de los presentes supieran dónde está la bolita, pero es sabido que a los ricos catalanes les encanta que el servicio les tome el pelo.

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Es más, ni siquiera han pestañeado cuando Sánchez ha asegurado que "la vivienda va a tener un peso prioritario, con el mayor despliegue de recursos públicos que se haya conocido jamás en nuestra historia democrática". Y que les haya prometido una financiación autonómica a su gusto, como la vasca y más allá, ha causado una gratísima impresión en el auditorio, que comentaba a la salida la fortaleza, resistencia o resiliencia del personaje.

Nadie ha hablado de los casos de corrupción que cercan a Sánchez, circunstancia que sólo se puede atribuir a la complicidad con el discreto encanto del 3%, el tráfico de influencias y la minería de fondos públicos.

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