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El reflujo de la cloaca

Los implicados en estos presuntos casos de corrupción y delitos no son personajes insignificantes, alejados de la cúpula del Partido, sino dirigentes del máximo nivel.

Los implicados en estos presuntos casos de corrupción y delitos no son personajes insignificantes, alejados de la cúpula del Partido, sino dirigentes del máximo nivel.
Santos Cerdán durante una rueda de prensa cuando todavía era secretario de Organización del PSOE. | Partido Socialista/Eva Ercolanese

Lo de la cúpula del Partido Socialista es un caso peculiar en el mundo de las organizaciones. Se supone que el partido, por federal que sea, tiene una dirección y unos dirigentes que llevan la batuta, disponen qué se hace y qué no, y ejercen el control sobre el conjunto del partido. Desde hace más de una década, debido principalmente a la falsa democratización de las primarias, esa cúpula, la que se asienta en Ferraz y sobre todo en la Presidencia del Gobierno, tiene mayor poder que antes. Como apenas cuenta ya con barones y baronesas, el poder del centro no se ve limitado por grandes contrapesos y se encuentra prácticamente solo. No del todo, porque el poder absoluto nunca es tan absoluto como parece, pero casi. Sin embargo, la historia que cuentan los miembros de la cúpula es la historia de unos dirigentes que no saben nada de lo que pasa en su organización y que no dirigen a nadie.

Del chanchullo de las mascarillas de Koldo y Ábalos no sabían nada. De las comisiones por obra pública desde el Ministerio del ramo no sabían nada. De las contrataciones de prostitutas no sabían nada. De la trama de los hidrocarburos y sus ramales en ministerios no sabían nada. De Santos Cerdán como cabecilla de los amaños de obra pública no sabían nada. De que el mismo Santos tuviera a una Leire Díez para sabotear las investigaciones judiciales, no sabían nada. De los chanchullos de Zapatero no sabían nada. Bendita ignorancia. Mil veces bendita y un millón de veces increíble. Los implicados en estos presuntos casos de corrupción y delitos contra instituciones del Estado no son personajes insignificantes, alejados de la cúpula del partido y ajenos a ella, sino dirigentes del máximo nivel o personas de confianza. Gente que estaba en la cúspide y se movía con la crème de la crème. Misteriosamente, quienes estaban con ellos, se reunían con ellos y tomaban decisiones con ellos no supieron nada de los sucios líos en los que andaban ni se enteraron de las intrigas que montaron en nombre del presidente del Gobierno.

La historia que cuentan acepta, de mala gana, que pudo haber indeseables que hicieron cosas malas, pero asegura que actuaron de forma individual, sin mandato y sin control de nadie. Se pliegan también a reconocer, a regañadientes, que por ahí abajo, en los sótanos, podía haber una cloaca, pero el meollo es que funcionaba por su cuenta, sin control y sin mandato de nadie. Todo esto es tremendamente raro y extraordinario. Además, es imposible en un partido jerarquizado. Pero el PSOE, que era un partido así, debió de transformarse en algún momento en otra cosa. Por lo que dicen sus dirigentes, ya no es realmente un partido. Es una asamblea anárquica donde no hay líderes, cada uno hace lo que le da la gana y nadie sabe ni le importa lo que hace cada cual. Es una organización desorganizada donde si hay cloacas, son de las que van a su bola y no tienen conexión con las alturas. Porque el secretario de Organización no era tal, puesto que no hay organización, y las conexiones con los de arriba, que tampoco son de arriba, eran fantasías de una mujer novelera. El problema de esta cloaca ya lo tenía la Cloaca Máxima romana: la subida del reflujo.

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