De entre las brumas
Todos sabemos quién es Sánchez, sus ministros ya no pueden fingir ignorancia. Y, sin embargo, ninguno dimite. Son todos, de una u otra manera, cómplices
De entre las brumas
Es tanto y tan grave lo que se está sabiendo, que parece que no hay otra cosa que comentar que no sea la enormidad de la sinvergonzonería de Sánchez. Pero, por entre la niebla de tanta corrupción, es posible entrever algunas cosas que nos ayuden a entender al personaje.
Primera. El PSOE no está en desintegración. Dicen que todo es obra del malévolo Cerdán, pero éste sigue teniendo como abogado a quien lo es del PSOE, amén de miembro de su cloaca. Luego, Cerdán sigue actuando de consuno con Sánchez. Entre otras cosas porque cada uno de los miembros del grupo parlamentario socialista, que es de donde más fácilmente podrían salir los cuatro votos que necesitaría una moción de Feijóo para prosperar –un Tamayazo bis–, fueron cuidadosamente elegidos por él.
Segunda. Todos sabemos quién es Sánchez. Y sus ministros ya no pueden fingir ignorancia al respecto. Y, sin embargo, ninguno dimite. Ni siquiera Margarita Robles, a la que le gusta aparentar que ella está hecha de otra pasta. Por lo tanto, son todos, de una u otra manera, cómplices, ya sabremos a cambio de qué prebendas.
Tercera. Marlaska afirmó que la directora general de la Guardia Civil no se había reunido con la fontanera. Es evidente que mintió y que sabía que lo hacía. Probablemente porque aquélla la recibió por orden suya. De otro modo, no se explica cómo no la destituye o exige su dimisión. Al contrario, la respalda. Luego, está tan implicado como Sánchez y hace tiempo que vendió su reputación. Espero que el precio fuera lo suficientemente alto.
Cuarta. No sólo los ministros, sino todos los gerifaltes del PSOE están en el ajo. No ya la actual gerente, su presidenta o Juanma Serrano, sino también el otro Serrano, Junafran, mano derecha de Cerdán, que sólo por serlo ha de estar pringado. Tuvimos la seguridad de que tenía que ser así cuando Sánchez, en una reunión de la Ejecutiva hace unos días, le dio una palmadita en el hombro al paso, como haría cualquier capo con un leal sicario que acabara de cumplir una penosa misión.
Quinta. Cuando Sánchez decidió enviar al patíbulo andaluz a su vicepresidenta primera no sólo lo hizo por quitársela de encima, sino para sustituirla por un ministro sin cargo orgánico en el PSOE que ni siquiera es militante. De este modo, en el caso cada vez menos imposible de que Sánchez se viera obligado a dimitir –para conjurar por ejemplo una moción de censura con pinta de prosperar–, presidiría el Gobierno en funciones alguien que no puede moverle la silla, sino sólo guardársela hasta que él pueda volver a ocuparla. El sujeto es de aúpa.
Sexta. Cuando Sánchez enchufó a su hermano en la Diputación de Badajoz, no lo hizo sólo para darle un sueldo público que, en todo caso, no era muy elevado. Lo hizo probablemente para consolidar la convalidación de dos títulos cuyos originales hoy no aparecen y que seguramente fueron falsificados, tal y como es costumbre en la familia. A poco que las cuotas estuvieran tres a uno, me jugaría 50 euros a que los títulos no aparecerán y que lo que se presentó en el ministerio de Educación fueron fotocopias fraudulentas. Una vez que ocupara un puesto en la administración española donde se le reconociera oficialmente el título de director de orquesta y de compositor, podía tener la seguridad de que ya nadie volvería a pedirle que exhibiera su titulación ni la pondría en entredicho. Quizá no fuera así, pero tiene toda la pinta.
Hay más, pero ya habrá tiempo de comentarlo.
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