Danos hoy, Sánchez, el odio nuestro de cada día
El presidente del Gobierno convierte la política en una fábrica de sospechosos habituales. Quien discrepa ya no se equivoca: es malvado.
España lleva semanas saltando como un lémur de una alarma moral a la siguiente. Una coreografía de brincos sobreactuados pero precisos como un metrónomo. Primero tocó la homofobia, al calor del mes del Orgullo, con cualquier noticia susceptible de ser arrastrada a esa sobreactuación, aunque los hechos no la sostuvieran ni de lejos. Después llegó la emergencia climática, invocada de nuevo a propósito del incendio de Almería, como si los incendios devastadores no formaran parte, desgraciadamente, de la vieja historia del verano mediterráneo. Y ahora toca morir por xenofobia a cuenta de una frase de Mariano Rajoy en un articulito futbolístico sobre el Mundial de 2026: "Francia tiene una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses".
La frase puede gustar más o menos. Puede parecer irónica, torpe, discutible o simplemente inoportuna. Pero convertirla en prueba de una peligrosísima amenaza racista nacional exige un histrionismo prodigioso. A ese teatrillo se ha sumado, además, a toque de corneta, la clase política francesa, siempre dispuesta a convertir sus propios fracasos en sermones para Europa. Francia, sí. La misma Francia que lleva demasiado tiempo vendiendo superioridad moral mientras exporta desorden, soberbia jacobina, arrogancia intelectual y una pulsión de ingeniería social que ha hecho estragos en la Unión Europea.
Pero dejemos a la patética Francia al margen y vayamos a lo que importa. El error es discutir cada polémica como si fuera un asunto realmente serio, porque ahí está precisamente la trampa. La izquierda no necesita ganar todos estos debates impostados. Le basta con que aceptemos celebrarlos en su terreno, bajo sus categorías, con su diccionario y ante su tribunal moral.
Ayer había que hablar de homofobia. Hoy de xenofobia. Mañana de emergencia climática. Pasado mañana de cualquier otra estigmatización con la que poder dividir el país entre puros e impuros. El ciclo se repite una y otra vez, año tras año, legislatura tras legislatura. No estamos ante una novedosa canción del verano ni ante polémicas fortuitas. Dos décadas de ensayo y error no dejan margen a la duda: esta es la estrategia. Sacar la política del terreno de la realidad y recluirla en el de la moral administrada por la izquierda.
En el terreno de la realidad hay trenes que no funcionan, carreteras abandonadas, inseguridad ciudadana en aumento, un sistema eléctrico funcionando en modo emergencia, instituciones degradadas, corrupción, colonización del Estado, deterioro del Estado de derecho y un Gobierno rodeado por escándalos que en cualquier sociedad mínimamente adulta deberían acaparar la conversación pública.
Pero la realidad tiene un serio inconveniente: se puede comprobar. Los trenes llegan o no llegan. Las obras se ejecutan o no se ejecutan. Las instituciones se preservan o se retuercen. Las causas judiciales se respetan o se sabotean. Los gobiernos existen, los ministros existen, las responsabilidades existen… Los resultados existen.
Por eso el gobierno socialista constantemente traslada el debate del terreno de lo comprobable al mucho más manipulable y rentable de la moral. Allí no se discuten hechos, sino purezas. Allí no se pregunta qué ha pasado realmente, sino quién es bueno y quién es malo. Allí no importa si España funciona, sino si el adversario puede ser presentado como racista, homófobo, negacionista, reaccionario o enemigo del planeta.
La ciencia política lo advirtió hace ya tiempo. Quien decide de qué se habla ya ha ganado media batalla. La teoría es clara: los políticos siempre intentan trasladar la competencia política al terreno que consideran de su propiedad. Y los políticos de izquierda, forzados a renunciar a la vieja lucha de clases, encontraron en la identidad un reemplazo formidable: sexo, raza, clima, género, memoria, víctima, culpa.
La tríada sobre la que hoy pivota su estrategia se distingue fácilmente: emergencia climática, homofobia y racismo. No incluyo el feminismo porque la propia izquierda lo ha convertido en un campo minado desde que abrazó el dogma trans, aunque siga utilizando los crímenes contra las mujeres como combustible emocional.
El caso español añade una particularidad más grave. Pedro Sánchez abusa de esta maquinaria como nadie, pero no porque crea ni de lejos en esas causas. No estamos ante un fanático, sino ante un cínico. Precisamente por eso resulta más obsesivo que ninguno. Porque es un político amoral que utiliza la moral como arma. Un frío sociópata que no instrumentaliza causas en las que cree. Instrumentaliza causas que le sirven.
Ese es el punto. La ideología, en su caso, no es fe; es coartada. La causa moral del día funciona como distracción, como humo, como sirena, como cortafuegos. Mientras discutimos si una frase sobre la selección francesa revela un oscuro racismo nacional, dejamos de fijarnos en lo importante.
Sánchez convierte así la política en una fábrica de sospechosos habituales. Quien discrepa ya no se equivoca: es malvado. Quien pregunta ya no razona: es cómplice. Quien duda ya no piensa: odia. La discrepancia es expulsada del terreno del debate y etiquetada como patología.
Por ese camino no se mejora un país. Se rompe. Una democracia necesita conflicto, naturalmente. Necesita oposición, crítica, fiscalización, discusión, debate duro y hasta bronca. Pero no puede vivir eternamente encerrada en la liturgia de los buenos contra los malos, porque la convivencia se vuelve imposible. La estrategia moralista destruye esa posibilidad porque no busca convencer, sino señalar. No busca resolver, sino dividir. No busca gobernar mejor, sino impedir que el otro pueda abrir la boca.
Mientras España se enzarza en el pánico moral de la semana, la realidad sigue estando donde estaba, esperando. Más pobre, más cansada, más deteriorada y más sola. Esa es la victoria última que Sánchez persigue: liquidar la realidad para que la política solo pueda existir en el terreno moral controlado por la izquierda. Así la corrupción, las infraestructuras, la seguridad, el Estado de derecho, la calidad institucional, la convivencia y la vida real de los españoles quedan fuera. No por accidente. Por diseño.
Lo más popular
-
Leire Díez impulsó ayudas del Ministerio de Reyes Maroto: la UCO detecta el rastro hasta el fondo de ayuda FAIIP -
Los españoles huyen de los bares: el gasto en menús del día se hunde un 48% desde 2018 -
Despedido un sindicalista que usaba su crédito horario para ir al chiringuito en la playa -
El PP no se suma al boicot de Vox y sí acudirá a la reunión con el Gobierno por el reparto de menores de Ceuta -
Ceuta no provoca un tsunami en las primeras encuestas tras la invasión: el PSOE incluso sube y Vox mejora poco
Ver los comentarios Ocultar los comentarios