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No es una crisis, es una invasión

60.000 personas cruzando una frontera irregularmente en 24 horas no es una crisis migratoria, es una invasión. Incruenta, que sepamos, pero invasión.

60.000 personas cruzando una frontera irregularmente en 24 horas no es una crisis migratoria, es una invasión. Incruenta, que sepamos, pero invasión.
Inmigrantes ilegales frente a fuerzas de seguridad en Ceuta. | Cordon Press/JNA via ZUMA Press Wire

Conviene llamar a las cosas por su nombre, especialmente para poder enfrentarse a ellas de la manera apropiada. El señor que pega a su mujer no es un tipo con un carácter difícil, es un maltratador, el profesor universitario que se encierra con sus alumnas durante la revisión de exámenes no es un sobón graciosete, es un acosador sexual, y sesenta mil personas cruzando una frontera irregularmente en 24 horas no es una crisis migratoria, es una invasión. Incruenta, que sepamos, pero invasión. Y no ha sido permitida por nuestro vecino del sur: ha sido patrocinada, organizada y pagada por el régimen de Marruecos como medida de presión diplomática, como viene sucediendo regularmente cada vez que al sátrapa le apetece apretarle las tuercas al sanchismo.

Habría que hablar del papelón de nuestros servicios de inteligencia, que, según la versión oficial, pasaron por alto la llegada de camiones cargados de marroquíes hasta las inmediaciones de la frontera, la existencia de grupos de Facebook para coordinarse en el asalto y en general la presencia de decenas de miles de personas en las calles de Castillejos y alrededores. Todo el mundo lo sabía, pero el CNI tenía cosas más importantes que hacer, seguramente espiar a los policías y jueces que investigan la corrupción del PSOE.

Cuando Putin empezó a enviarle a Polonia oleadas de inmigrantes a través de su límite con Bielorrusia, Varsovia respondió fortificando y militarizando la frontera, y pidiendo ayuda al resto de miembros de la OTAN y la Unión Europea ante lo que se calificó como guerra híbrida. Marruecos, un país abiertamente hostil que mantiene una reclamación territorial contra nosotros, nos hace lo mismo regularmente, pero multiplicado por cien o por mil, y nuestro Gobierno no sólo no le acusa de nada, sino que le agradece la colaboración. Llega un momento en el que la realpolitik no explica la sumisión. La incapacidad de Sánchez no ya de dejar de arrodillarse, sino de al menos subirse los pantalones delante de los enemigos declarados de España es simplemente connivencia. Traición, en suma. Llamemos a las cosas por su nombre.

Por la mañana Radio Perro nos explicaba que Italia no puede suspender la aplicación del tratado de Schengen con España, y por la tarde Italia hacía exactamente lo que nos habían dicho que no podía hacerse. Buena parte de los países de la UE están deseando echarnos de la zona común, no por la invasión de Ceuta, sino por la regularización de millones de personas perpetrada por el sanchismo. Por otro lado, no se puede esperar que Europa sea solidaria con nosotros si nuestro Gobierno niega públicamente algo que hasta el más tonto de los propagandistas del PSOE sabe: que es Marruecos quien nos ha invadido. Ni las mafias, ni Trump ni el Supremo. Marruecos. Pretenden los socialistas hacer pasar la invasión por un simpático episodio veraniego, una anécdota sin importancia en la que, por supuesto, el Gobierno no tiene ninguna responsabilidad, como no la tuvo durante la DANA de Valencia, en el apagón o en la muerte de cincuenta personas en las vías gestionadas por el bonobo de Pucela. Pero la realidad es la que es, aunque al socialismo le interese ponerle nombres creativos a las cosas para que sus terminales mediáticas puedan venderle un relato a los suyos, cada vez menos, cada vez más tontos, cada vez más fanatizados. Y la realidad es que la invasión es un pasito más de la dictadura marroquí para intentar hacerse con Ceuta y Melilla. La reacción tardía, ridícula y pésimamente ejecutada por el socialismo a cargo de las instituciones deja a las claras lo que es España en las ciudades autónomas. Un Estado fallido, incapaz de llevar a cabo la más elemental de sus funciones: decidir quién entra y quién no. Marruecos nos metió sesenta mil personas en una ciudad de ochenta mil habitantes, sin ninguna consecuencia práctica. Marruecos envía invasores, Marruecos los retira: es el tirano de Rabat quien establece las normas, quien enciende y apaga el Estado de Derecho en Ceuta y Melilla, como si en alguno de sus múltiples palacios tuviera un interruptor al que un jovencito sin camiseta retira el polvo delicadamente con un plumero. El único organismo del Estado que funciona en las ciudades autónomas es la Agencia Tributaria, pero mientras Sánchez permanezca en la Moncloa, para recibir algo a cambio de sus impuestos los ceutíes tendrán que esperar a que los conquiste Mohamed.

Esto no ha acabado, por supuesto. Sólo va a ir a peor. Estando el Gobierno de España en manos de un partido esencialmente traidor y fundamentalmente corrupto, no se puede esperar, ni por lo más remoto, una reacción contundente contra Marruecos. O una reacción, en general. Igual que a cambio del poder Sánchez asumió todas y cada una de las tesis del golpismo catalán para indultar, amnistiar y rebajar delitos, hará lo mismo con la reclamación de la satrapía marroquí. "Ceuta y Melilla son insostenibles; en realidad son territorios africanos, vestigios coloniales". Por supuesto, cualquier persona que haya mirado con prismáticos un libro de historia sabe que no es así, pero la izquierda, ignorante de base y además profundamente aborregada después de ocho años de propaganda y movilización permanentes, ha comprado relatos mucho más alucinógenos sin pestañear. Y además las ciudades autónomas votan facha, así que les pueden ir dando. A estas alturas, ya sólo cabe preguntarse, ¿qué le debe el PSOE a Marruecos?

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