
Lo bueno de ganar un Mundial es que la felicidad que proporciona no se limita a los segundos de enajenación mental posteriores al gol o al pitido final, o a la euforia de la celebración inmediatamente posterior en las calles, etílica y pirotécnica; la alegría se extiende a lo largo de los años y de las décadas, un recuerdo hermoso para visitar de cuando en cuando, como el primer beso, los primeros pasos de un bebé, o aquella vez que nuestro padre nos dijo que estaba orgulloso de nosotros. La victoria de España en Nueva Jersey nos ha dejado miles de imágenes para la historia audiovisual y sentimental de España que serán recordadas durante generaciones, especialmente en esta época en la que el meme en vídeo vertical es la primera forma de comunicación y memoria.
Pocas cosas más transversales que la final de un Mundial. Millones de personas que con dificultad conocen la diferencia entre un fuera de juego y un gofre de Nutella se plantan delante del televisor horas antes del partido, y se beben las alineaciones y los comentarios de la previa con ansia de alcohólico en plena recaída. No importa sexo, edad, origen, raza o religión, el país entero se paraliza durante horas en un éxtasis colectivo que lleva las audiencias televisivas a territorios que nada, excepto el fútbol, podrá hollar jamás. Medio millón de personas seguimos por La 2 la narración del gol de Ferran Torres en catalán, que es una forma maravillosamente española de hacerlo. Por toda Cataluña brotaron como hongos pantallas gigantes para que la gente se arremolinara a su alrededor como polillas en una farola. Es una felicidad compartida y casi universal, que, cuando encima es coronada con la victoria, se transforma en un tsunami de alegría que desborda calles y plazas. No creo que podamos olvidar fácilmente la estampa de cientos de miles de personas coreando Superestrella en Cibeles, o las muchedumbres cantando a Nino Bravo en cada rincón de España y del extranjero. Adolescentes que nacieron tres o cuatro décadas después de la muerte del genio valenciano se saben de pe a pa la letra de Un beso y una flor; Pau Cubarsí, gerundense de 19 años, escogió para su presentación ante la afición jubilosa nada menos que Mi gran noche, de Raphael, que es tres veces más antigua que él. Somos un país bonito con una herencia cultural y popular de lo más hermosa. Y está bien celebrarlo. Por eso hay que defender nuestra felicidad de aquellos que la odian.
Siempre son los mismos. La misma gente infeliz, amargada, fea, ridícula y fanática que hace veinte años ponía bombas para matar niños, ahora se desahogan de su fealdad patética persiguiendo a la gente que sólo quiere ver un partido de fútbol. Lo explicaba Arnaldo Otegi, gañán y paleto, además de terrorista y malnacido, en aquel publirreportaje de la ETA llamado La Pelota Vasca: "El día que los jóvenes escuchen rock en inglés y dejen de contemplar los montes vascos para funcionar con Internet, será un mundo tan aburrido que no merecerá la pena". Mirar montes como la actividad vasca por excelencia. El nacionalista vasco en general y el bilduetarra en particular es un ser ensimismado, resentido, palurdo, incapaz de mirar más allá de su ombligo mugriento, que se cree heredero de una utopía inventada, víctima de todo y culpable de nada. Por eso odian la felicidad bonita, limpia, brillante, sincera, alegre y faldicorta de los jóvenes que ven en España un futuro compartido, referencias comunes y, en resumen, compatriotas. Quieren que todos seamos la misma clase de gentuza malencarada y ceñuda, infeliz y triste que celebra a los asesinos y denigra a sus víctimas. Son los mismos cretinos que vandalizan murales, castigan a niñas y boicotean cualquier cosa que no sea el enaltecimiento de cabestros mononeuronales y unicejos que nunca han llegado a nada salvo en el negocio de matar.
Queremos ser un país feliz y libre, no una burbuja de ranciedad llena de señoritas Rottenmeier, institutrices estrictas siempre prestas a alzar el dedito acusador cuando alguien hace una broma que no esté aprobada por el Ministerio de Regalar Dinero a Mis Amigas o pinta un mural que no les guste a las tietas casposas y a los fracasados politoxicómanos de septum y corte de pelo realizado por su peor enemigo con un hacha. No queremos pedir perdón ni avergonzarnos de nuestro pasado, no queremos que nos gobierne una casta triste, mohosa y cubierta de la caspa grasienta de la inquisición moral que abre telediarios con bromas de patio de colegio y mira hacia otro lado cuando hienas sedientas de sangre y envueltas en ikurriñas apalizan adolescentes por llevar una camiseta de fútbol. Tenemos que ganar. Los enemigos de la alegría tienen, también, que ser eternos subcampeones.
