
En realidad Nicolae Ceaucescu y su mujer no creían haber hecho nada malo. Después de décadas de culto a la personalidad como política de Estado, los dos estaban convencidos de que realmente merecían todas esas lisonjas con las que les untaban los poderes del Estado. En buena parte, porque no sólo recibían honores en Rumanía, sino también en el extranjero. A Elena Ceaucescu la nombraron miembro honorífico de la Royal Society of Chemistry y profesora honoraria de la Universidad de Westminster. No está mal para alguien a quien le habían escrito la tesis. ¿Les suena?
De la condición tiránica y egomaníaca de Sánchez tuvimos evidencias bastante sólidas cuando organizó ese teatrillo ridículo de hacer levantarse a todos los diputados de la bancada socialista para mostrar una unidad sin fisuras a la hora de obedecer las órdenes del golpismo. Aquel día se derogó el delito de sedición por exigencia de los sediciosos, algo que, nos dijeron, era perfectamente normal en cualquier democracia avanzada. Sánchez, por supuesto, no se levantó. Él está por encima de esas cosas.
A Ceaucescu todo el mundo le dijo lo guapo y lo genial que era hasta un par de horas antes de que lo fusilaran en aquellas navidades rumanas de 1989, después de una farsa judicial que duró 55 minutos y que fue llevada a cabo por las mismas personas que habían medrado a su sombra durante décadas de dictadura. A partir del 26 de diciembre, nadie había tenido nada que ver con los Ceaucescu, igual que a partir del 20 de noviembre del 75 todo el mundo había corrido maratones delante de los grises y tenía un padre obrero afiliado al Partido Comunista.
El final de Sánchez no será tan abrupto ni tan sangriento, afortunadamente. Pero sucederá, como sucedió con Zapatero, que todos los que ahora dan palmas como focas norcoreanas a cada tontería del Amado Líder echarán pestes de su propio pasado, que probablemente negarán. La interminable riada de imputaciones que habrían reducido a escombros, cada una de ellas por separado, a cualquier gobierno de Occidente, ha crecido esta semana con la conversión en presuntos delincuentes de la directora general y del director adjunto operativo de la Guardia Civil. Por supuesto, ni uno ni otro han dimitido, porque aquello tan gracioso de "dimitir no es un nombre ruso" se quedó en la pancarta en cuanto la izquierda chupiguay tocó moqueta y se refociló en la calentura del salario público y las dietas por desplazamiento.
Y no van a dimitir porque a estas alturas, alrededor de Sánchez ya sólo quedan los que son tan mediocres, indecentes, sinvergüenzas y carentes de talento como él. Sánchez se ha encargado de poner en puestos clave a gente a su imagen y semejanza, la clase de personas sin escrúpulos capaces de seguir siendo los jefes de los mismos trabajadores que tienen que investigarles sin sufrir un ataque de disonancia cognitiva. Como el Fiscal General del Estado. Y nadie en su lado de la trinchera va a mover un dedo hasta que tengan claro que los que van a ser fusilados (metafóricamente) no van a ser ellos. Han bastado dos argumentos completamente ridículos para convencer a toda la prensa de izquierdas de que no puede aplicarle al Gobierno un tratamiento mínimamente crítico: la conspiranoia judicial y el miedo a ese ente voluble e informe llamado extrema ultraderecha. Cuando caiga Sánchez, los periodistas también negarán haber sido una mera correa de transmisión de la propaganda del gobierno más corrupto de la historia de Europa Occidental. Y nos corresponderá a nosotros tener memoria.
