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Derecho a soñar

Tenía 31 años cuando vi las primeras semifinales mundialistas de España; en cambio, mis hijos no han tenido que esperar ni la mitad para ilusionarse.

Tenía 31 años cuando vi las primeras semifinales mundialistas de España; en cambio, mis hijos no han tenido que esperar ni la mitad para ilusionarse.
EFE

Casarse en año par es un error, no porque algún arcano numérico diga que es malo para los chakras, sino porque uno corre el riesgo de que el mundial o la Eurocopa le pillen en plena luna de miel en algún rincón lejano del planeta y uno se vea obligado a visitar las Cataratas del Iguazú o a cruzar en bicicleta el Golden Gate en vez de hacer lo que le pide el cuerpo: calzarse un Congo-Uzbekistán a las dos de la mañana. La frase se la leí hace mil años en Twitter, medio en broma, medio en serio, a Enrique Ballester, uno de los tipos que mejor escriben de fútbol, o de cualquier cosa en general; estoy seguro de que su lista de la compra es una lectura entretenidísima.

Cuando me casé aún no tenía redes sociales, por lo que cometí la temeridad de celebrar mi boda en junio de 2008, tres días antes del debut de España en la Eurocopa que acabamos ganando. El primer partido de la selección se jugó mientras volábamos a Nueva York; el segundo, instantes después de descender de la CN Tower de Toronto y comentar un número de veces indeterminado, pero sin duda excesivo, que desde ahí arriba se veía "Torontontero". "Por favor, si marca España no armes escándalo", fue lo que me dijo mi entonces reciente esposa, todavía veinteañeros los dos, justo antes de comprobar la clase de persona con la que se había casado.

En mi defensa, diré que no fue culpa mía que David Villa esperara al minuto 92 para marcar el gol de la victoria frente a Suecia, y me enviara al fondo de aquella taberna irlandesa en Canadá aullando como un maníaco.

Pero lo peor de aquel viaje estaba por llegar. Cuartos de final. España-Italia a la misma hora en la que nosotros tenemos previsto cruzar el desierto entre Los Ángeles y Las Vegas en un Pontiac rojo con matrícula de Arizona. Por suerte, sintonizamos una radio en castellano durante las dos primeras horas del viaje. Por desgracia, el partido duró bastante más.

A 40 y tantos grados a la sombra detuvimos el coche en un área de servicio en mitad del Mojave para que un amigo me narrara los penaltis en directo a través del móvil. Cincuenta euros de llamada. Gustoso habría pagado 500. Seguramente hay un dependiente de gasolinera que casi dos décadas después sigue contando como un lunático español se puso a chillar y dar saltos mientras gritaba algo sobre romper una maldición, y luego se subió al coche para dar vueltas tocando el claxon como si le fuera la vida en ello.

El matrimonio podría haberse acabado ahí, pero por suerte duró mucho más, lo suficiente para traer al mundo a un par de niños futboleros que estos días han visto por primera vez a su país haciendo un mundial decente.

Hace un par de años volví a cometer el mismo error. Gracias a la permisividad laboral que implantó la pandemia, cada verano me tomo unos días para teletrabajar desde algún lugar de Europa del Este. El año pasado fue Sarajevo, y hace dos, Vilna. Fue en la capital lituana donde vi la final de la Eurocopa, en un prado donde un millar de españoles estábamos rodeados por 10.000 ingleses frente a la pantalla gigante. Me acoplé sin escrúpulos al primer grupo de compatriotas que encontré: "Me llamo Diego y no quiero ver la final solo". Unos treintañeros de Valencia me adoptaron instantáneamente. Al acabar el partido llamé a mis hijos, emocionados por haber vivido un éxito que hasta aquel día sólo habían visto en TikTok y YouTube.

Los dos kilómetros de regreso a pie hasta el apartamento, con la rojigualda atada al cuello como una capa de superhéroe, fueron un festival de desconocidos felicitándome una y otra vez. El dueño del Airbnb me recibió en la puerta para darme la mano.

Hay algo especial en los triunfos de la selección. Trabajaba en una multinacional cuando ganamos el mundial en 2010, y durante las siguientes dos semanas todas las llamadas con los colegas del resto del mundo empezaban igual, con un reconocimiento respetuoso y una enhorabuena más o menos efusiva, como si aquel gol lo hubiera marcado yo y no Iniesta de mi vida. Escribo estas líneas desde Košice, la segunda ciudad más grande de Eslovaquia, a pocos kilómetros de las fronteras con Hungría y Ucrania.

La calle principal es un abuso estético y arquitectónico, una concentración de edificios Art Nouveau de las que sólo se ven en esta región del continente. Bajo una de esas fachadas modernistas un bar ha instalado una pantalla de 60 pulgadas para gozo del público, mayoritariamente juvenil y neutral. Dos belgas y yo componíamos la representación extranjera en esta ciudad tan alejada del cualquier circuito turístico.

Cuando Mikel Merino lo volvió a hacer, y ya van tres, se giraron hacia mí y me dieron la mano. Esta vez el regreso a mi apartamento fue solitario y silencioso, por la avenida más bonita a este lado del Danubio. En mi cabeza estaban mis hijos, de nuevo, las primeras personas a las que he llamado. Yo tenía 31 años cuando vi por primera vez unas semifinales mundialistas de España. Ellos no han tenido que esperar ni la mitad. Puede que Francia nos triture un 14 de julio, pero de aquí a entonces nos hemos ganado el derecho a soñar.

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