
A la hora de apertura del parque la cola para entrar consistía en medio kilómetro de familias, grupos de adolescentes y hordas de turistas británicos en diferentes grados de cocción. Propuse a mis hijos hacernos los longuis y revolotear distraídamente por la cabecera de la fila hasta que abrieran, y acto seguido colarnos aprovechando el barullo. Picaresca española, diríamos. Hay que ser cancheritos, en palabras de cualquier defensa central argentino con dos asesinatos a sus espaldas. Mi hijo mayor protestó indignado. "Papá, eso no está bien, no es picaresca, es tener mucho morro". Argumenté que tengo una edad e iba solo con dos adolescentes, a lo que mi hijo, desde su atalaya moral, respondió que había familias con niños pequeños que tendrían muchos más motivos para colarse y no lo hacían, así que podríamos tener un poco de vergüenza, por favor y gracias. Finalmente, derrotado, llegué a la conclusión de que mi hijo tenía toda la razón del mundo, y decidí que la lección de ese día iba a ser que a veces tener razón no sirve de nada, y nos colamos igualmente. No sé si mi hijo me lo ha perdonado aún.
Antes de tener hijos, cuatro días en un resort con parque acuático del sur de Portugal con un par de adolescentes me parecían una pérdida de tiempo en el mejor de los casos, una pesadilla en el peor. Ahora mismo me cuesta concebir un plan veraniego mejor que ese. El tiempo es un juez generalmente implacable y a menudo tiene la mala uva de ponernos frente al espejo de nuestras antiguas creencias, y ni siquiera podemos apartar la vista. Aún más a menudo la vida tiende a reírse de nosotros; pero como dicen los gurús de Linkedin, la peor red social que jamás haya existido, pero también un lugar donde se escribe recto con los renglones más torcidos del mundo, al final todo es cuestión de actitud. A lo que iba. No entiendo los hoteles sólo para adultos. O sea, sí, los entiendo, soy un adulto, o eso dice mi DNI, pero no entiendo por qué a alguien puede molestarle el jaleo que organizan los niños, ese marasmo de risas, salpicaduras, gritos y barullo en general. Las residencias sólo para adultos siempre han existido, lo que pasa es que las llamábamos asilos.
Bratislava es el patito feo de Centroeuropa. Rodeada por tres salvajadas arquitectónicas como Praga, Viena y Budapest, sólo los coleccionistas de banderas se aventuran por allí. Desde lo alto del Puente de la Insurrección Nacional Eslovaca se ve toda la ciudad. Su nombre es ese (en eslovaco, Most SNP), pero todo el mundo en todas partes lo llama el OVNI, por la forma elíptica del restaurante con vistas que corona la infraestructura. Al norte del mirador se levantan el Castillo y la Catedral, bastiones históricos de la ciudad y sus iconos más reconocibles. Pero si uno se gira 180 grados, puede contemplar un bosque de hormigón que abarca todo el campo visual. Panelak tras panelak –el nombre checoslovaco para los commieblocks– hasta donde alcanza la vista, una visión que hasta hace no mucho me habría parecido espeluznante, pero que ahora, mientras recorro un anuncio tras otro buscando un piso donde quepamos sin excesivas estrecheces, me parece poco menos que la Nueva Jerusalén. Tantas casas, todas juntitas y a tiro de piedra del centro de la ciudad, qué más se le puede pedir. Yo de momento estoy en la fase de encontrar algo que no me cueste dos salarios mensuales al mes, sin excesivo éxito.
Se dice que en las épocas de hambruna los hombres y mujeres obesos resultan mucho más atractivos que cuando la gente no pasa hambre; cosas de la biología evolutiva. En algunos países subsaharianos es costumbre cebar a las crías para que les sea más fácil encontrar marido; lo llaman Leblouh y es una de esas trapalladas que las mujeres tienen que padecer por haber nacido en sociedades menos turbocapitalistas y ultraliberales y más en armonía con la naturaleza que la nuestra. Todo es cuestión de incentivos y perspectiva, y en vista de cómo voy evolucionando en mis preferencias arquitectónicas y de ocio, empiezo a tener bastante claro que de aquí a un cuarto de siglo, si sobrevivo a la acumulación de colesterol en las arterias y a la afición por meterme en líos, mi actividad favorita será observar atenta y concienzudamente la evolución de las obras pagadas por el Ayuntamiento de mi ciudad. Como ha de ser.
