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Rubén Manso

La rendición de SánchezHito

El rodillo legislativo y los gabinetes jurídicos se han refundado en guardia de corps con una sola misión: blindar a la familia imperial.

Pedro Sánchez, comparece tras su despacho con el Rey Felipe VI, a 29 de julio de 2026, en Palma de Mallorca. | EUROPA PRESS

Escribió Marx en El 18 de Brumario —atribuyéndoselo, con elegancia, a Hegel— que los grandes hechos de la historia se presentan dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa. Pido licencia para una enmienda: hay repeticiones que no alcanzan siquiera la dignidad de la farsa y se quedan en ópera bufa.

Cada agosto la prensa nos devuelve las tragedias verdaderas: Hiroshima y Nagasaki, la capitulación incondicional a bordo del USS Missouri, el Tribunal Penal del Lejano Oriente.

El colapso de un régimen autorreferencial nunca avisa con la detonación final, sino con un fogonazo previo. Como aquel resplandor que iluminó la madrugada de Alamogordo, la corte de SánchezHito contempla hoy el destello de su propia vulnerabilidad. Nada ha estallado todavía, pero la luz de Ceuta ha bastado para dejar la trastienda de Palacio bajo un fulgor frío e implacable.

En la recta final del Japón imperial, la obsesión del Estado Mayor no fue la salvaguarda de sus súbditos, sino la protección mística de la dinastía: el trono era sagrado e incapaz de hacer el mal, y toda la maquinaria del Estado existía para que esa ficción sobreviviera a la derrota. En el ecosistema monclovita contemplamos la versión bufa de la misma teología política. La maquinaria administrativa, el rodillo legislativo y los gabinetes jurídicos se han refundado en guardia de corps con una sola misión: blindar a la familia imperial y sostener la ficción de un líder que flota por encima de la prosaica realidad de los expedientes. Si algo huele a podrido en los sótanos, la corte decreta que se trata de magistrados sediciosos o de la torpeza de los intermediarios. La cima del poder nunca se mancha: es divina por decreto y limpia por omisión.

Para que la estratagema de la inocencia imperial triunfase en Tokio, el general Hideki Tojo cargó ante los jueces con la culpa absoluta del conflicto y dejó a la corona libre de sospecha: el drama de un fanático servil, pero un drama. En la versión bufa de Madrid, SánchezHito busca un Tojo entre sus filas y encuentra un elenco de vodevil. Los fontaneros de la trastienda no están hechos de la pasta del Japón feudal: su lealtad no responde al honor militar, sino al reparto del presupuesto y al coche oficial. El exministro que debía actuar como primer cortafuegos cumple ya condena firme de veinticuatro años por organización criminal, cohecho, malversación y tráfico de influencias, y no muestra el menor entusiasmo por subir al altar del sacrificio: denuncia desde prisión la desproporción del castigo, señala que el comisionista que se avino a colaborar ha obtenido "la impunidad que pretendía" y recuerda, sin necesidad de decirlo, que en la fontanería todos guardan llaves inglesas.

Ahí está la moraleja que el palacio no quiere oír: las brechas no las abren los generales rebeldes, sino los mercenarios de la periferia, a quienes la conformidad con la fiscalía les ha salido bastante más barata que la lealtad.

La verdadera prueba atómica no se cocina en los juzgados locales, sino en el tablero internacional. En 1945 fue MacArthur quien dictó los términos de la capitulación y gobernó Japón con tal autoridad que sus administrados lo apodaron el shogun de ojos azules. Ochenta años después el shogun ha cambiado de peluquería, pero no de método: ordena cortar todo el comercio con España, califica al aliado de "socio terrible", exige el cinco por ciento del PIB en defensa y, entre reproche y reproche, concede la absolución en el palco de una final de fútbol. La ópera bufa exige que castigo y perdón se dispensen con el mismo gesto.

Para esa potencia los fontaneros de provincia son irrelevantes: su objetivo es la diplomacia paralela desplegada al otro lado del océano por el Emperador Ancestral, patriarca de la dinastía, ZapaterHito. Y aquí el mecanismo real supera a cualquier metáfora. Con Madurhito, Washington no esperó a que su corte lo entregase: lo extrajo de Caracas de madrugada y lo sentó ante un tribunal federal de Nueva York. Con el patriarca español ha sido más elegante. Una agencia estadounidense entrega motu propio a la policía española el volcado de un teléfono clonado en Miami cinco años antes, ese material acaba en un sumario patrio y un juez de la Audiencia Nacional imputa al Ancestral por organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental. Washington no dispara: suministra la munición y deja que el arma la empuñe la propia corte.

Ahí alcanza el libreto su clímax y se revela cómico. Varios juristas advierten de que esa imputación, lejos de ser la ejecución del patriarca, podría ser su mejor coraza: un nacional investigado en España es un nacional difícilmente entregable a un tercer país. El sacrificio del Ancestral y su rescate podrían ser el mismo acto procesal. Ninguna ópera bufa ha escrito un enredo mejor.

Queda la única pregunta que importa. Desacreditar al patriarca fundador obliga a dinamitar los mitos de origen de la propia legitimidad; pero el hiperpresidencialismo entiende la supervivencia de la casa imperial como la única ley fundamental del Estado. ¿Vacilará el inquilino de Moncloa en dejar caer la cabeza del antiguo Emperador para garantizar su reinado?

El resplandor del desierto ya ha iluminado la escenografía. En los pasillos de palacio los cortesanos se miran unos a otros, temblando al pensar a quién le tocará subir al final a bordo del Missouri.

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