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Huelga nominal

Huelga es un movimiento de combate. Definitivo. Allá donde los dos sujeto a quienes la relación laboral anuda fijan como incompatibles sus deseos y objetivos. Sus términos son, así, inocultablemente duros. Y aquel que pierde una huelga –sea la patronal, sea la clase obrera—paga a muy alto precio su derrota. Por eso es tan largo el paso de danza –debe serlo— de las idas y venidas, altos y bajos en la partida de póker que precede el instante en que los jugadores hacen volar la mesa por los aires. Y los naipes. Y el sosiego y la seguridad con ellos. Y dan en aporrearse hasta que uno de los dos caiga.

El adjetivo general trueca la huelga en otra cosa. De profundidad y consecuencia irreversibles. Porque lo general, que califica la huelga, dice algo muy preciso. Que no transcurren ya, ni partida de póker ni ruptura de baraja, sobre la mesa de dos interlocutores salarialmente trabados. Lo general se fija en otro sitio. Y ese sitio no puede, en las sociedades modernas, ser mediado por otra cosa que el Estado. Que toda huelga general es política resulta casi sonrojante tener que recordarlo. Fue una evidencia de la gran época del movimiento obrero (las tres primeras décadas del siglo XX) que no había huelga general que no incluyera momento insurreccional como desenlace suyo. Eran años en los cuales huelga general y huelga general revolucionaria funcionaban como sinónimos.

Cambiaron muchas cosas después de la segunda guerra mundial. Las huelgas generales, en Europa, dejaron, poco a poco, de incluir momentos insurreccionales. Conservaron su dimensión de ultima ratio, allá donde el diálogo fracasa. Y, en tanto generales, fueron siempre, si no revolucionarias, sí políticas. Así, la de 1968 en Francia: la más importante (por cifra y duración) de la historia. También, de algún modo, la última huelga general clásica: la que mostró cómo, en las sociedades actuales, ni siquiera la más colosal huelga general produce destrucción del Estado.

Política, la huelga general española del año 1988 lo fue con una pureza casi de laboratorio. La reivindicación acerca del trabajo juvenil era mínima: desproporcionada, en todo caso, respecto de la dimensión de la convocatoria. Y, sin embargo, la huelga fue masivamente seguida porque era masivamente deseada. Seis años de corrupción feroz, autoritarismo impermeable, crimen de Estado, casi certeza de fraude en el referéndum OTAN, arbitrariedad en todas las esferas sociales, habían hecho del felipismo el régimen más detestado de cuantos fueran imaginables. Con la terrible peculiaridad de no existir siquiera una alternativa electoral creíble. Ante la imposibilidad de quitarse de encima a Glez., GAL y compañía, los ciudadanos disfrutaron como enanos atizándole al intocable Jefe un bofetón histórico. Fue mucho. Y fue por ese mucho por lo que los sindicatos salieron fortalecidos del envite.

De no ser así, de convocarse una huelga general sin que insalvable conflicto confronte a poder político y ciudadanía, los sindicatos –cualesquiera sindicatos y en cualquier país— perderán la partida. Y una huelga no masivamente seguida es mortal para los sindicatos. Más aún hoy, cuando a diferencia de los grandes años sindicales de entreguerras, no hay sindicato que sea financiado por sus propios afiliados, no hay sindicato que sea mucho más que una extensión funcionarial del Estado del bienestar, con cargo al erario público.

Ningún factor se da para una convocatoria de ese tipo. Ni económica, ni social, ni política. Se me hace duro pensar que los funcionarios sindicales estén hoy por suicidarse.

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