
Hace unos días, el Foro Regulación Inteligente publicaba uno de esos informes que deberían generar debate del de verdad, porque afecta a una de las preguntas clave sobre cómo queremos que sea este país en las próximas décadas; pero que corre el riesgo de acaba sepultado tras el ruido de los koldos, las trampas de la financiación autonómica, la serpiente de la aprobación de los Presupuestos o la discusión sobre si somos más amigos de Trump o de Maduro.
Todo lo demás, ya lo verán, no tendrá ninguna relevancia de aquí a seis meses. Pero los temas que aborda la "Encuesta sobre la inclusión de la población migrante en el mercado de trabajo español" del FRI seguirán con nosotros durante la próxima década.
Las principales conclusiones las explicaba mi compañero Diego Sánchez de la Cruz el pasado viernes:
- "El 57,2 % de los inmigrantes considera 'difícil' o 'muy difícil' acceder a un empleo. ¿Por qué? Los factores se solapan, pero las respuestas más repetidas fueron la falta de permisos (21,6%), la desconfianza (20,4%), la falta de redes personales (20,2%), el idioma (19,8%) y la burocracia (66,8%)".
- "El 63% de los empresarios denuncia los problemas para contratar a estos profesionales por motivos de índole administrativo, como la validación de títulos académicos y licencias profesionales o los trámites de extranjería"
Y dos apuntes adicionales: aunque los inmigrantes suponen "el 90% del nuevo empleo" creado entre enero de 2024 y marzo de 2025, "el nivel educativo medio de la inmigración que llega a nuestro país es relativamente bajo, de modo que esta ocupación se concentra en empleos de escasa cualificación". Incluso así, la tasa de paro de la población extranjera (18,2%) es muy superior a la de la población autóctona (11,6%); lo que ha provocado un cambio histórico, "la tasa de actividad de los españoles (20–64 años) alcanzó un máximo histórico al llegar al 80,2%, mientras que la de los extranjeros se reducía al 79%. Es la primera vez en décadas que la participación laboral de los inmigrantes se sitúa por debajo de la de los nacionales".
El (no) modelo
Lo que se intuye tras estas cifras es que no sabemos qué hacer con este tema. Y si lo sabemos, es peor. Porque lo estamos haciendo todo mal. En esto no estamos solos, la mayoría de los países europeos más o menos han optado por la misma versión: una especie de (no) modelo que consiste en dejar que las cosas vayan desarrollándose por sí mismas, como pensando que se resolverán de forma mágica.
Volvamos a los básicos. Lo primero, lo obvio: la inmigración tiene sus costes. Sí, la llegada de 2,5 millones de personas desde el covid tiene derivadas en el mercado de la vivienda, el laboral o los servicios públicos. Esto, que es evidente, parece que es tabú entre nuestros políticos. Sí, del incremento del precio del alquiler a los problemas en el transporte en muchas ciudades, parte de estas noticias tienen su origen en un crecimiento muy relevante de población. Habría pasado lo mismo (o parecido) si los nuevos habitantes fueran españoles. No es una cuestión de nacionalidad, sino de número y tipo de población: en este caso, como nos recuerda este informe del FRI, hablamos de un colectivo que se sitúa, de promedio, en los niveles inferiores de la distribución de renta y cualificación.
También tiene su lado positivo. Desde puestos de trabajo que quizás de otra manera no se cubrirían a impulso al crecimiento económico.
¿El saldo final? Es un buen tema de discusión. Con respuestas que variarán también en función de dónde se sitúe cada uno. Por ejemplo, en lo que tiene que ver con el empleo, es evidente que el tipo de inmigración que está atrayendo España presiona a la baja los salarios de determinados sectores-ocupaciones. Para el empresario, esto puede suponer un alivio en los costes; para el trabajador español que potencialmente aspiraba a ese puesto, implica pelear por un salario más bajo.
Dicho todo esto, lo que la encuesta del FRI nos recuerda es que ese no-modelo del que hablábamos nos lleva a uno de los peores mundos posibles. Simplificando mucho, digamos que hay dos posturas migratorias. La primera sería la de puertas abiertas (que es compatible con la selección de al menos parte de los recién llegados). Si optas por ese modelo, no hay otra opción que intentar que el saldo financiero para el país de acogida sea positivo: es decir, que los que lleguen aporten más (vía empleo e impuestos) de lo que detraen. ¿Los están logrando los países europeos? No tiene pinta; y nosotros, de los que menos. Casi nadie lo mide, pero los que lo hacen, ya han comenzado a publicar cifras (por ejemplo, holandeses y daneses) nos dicen que en general el resultado es mucho menos positivo del que nos dice la versión edulcorada y políticamente correcta. Pero incluso aunque creas. como dice el Gobierno en su propaganda, que es un fenómeno necesario y positivo, la pregunta sigue ahí, ¿cómo puedes admitir 2,5 millones de nuevos habitantes y que luego los empresarios digan que los costes y trabas para contratarles son enormes? Te estás pegando un tiro en el pie tú solo.
La otra alternativa es lo que podríamos denominar como modelo japonés: puertas cerradas y la aceptación de una tranquila decadencia. Tampoco es tan dramático: es verdad que el PIB nipón está estancado, pero si miramos otras métricas (PIB por persona trabajada) no lo han hecho tan mal en las últimas décadas. Eso sí, asumiendo que esto te lleva a una sociedad muy envejecida, estancada, sin dinamismo, pero estable y homogénea. Simplificando mucho, asumes que tendrás un país de viejos asistidos por robots y con población menguante.
Como vemos, las dos opciones tienen sus pros y contras. Porque además luego estaría la discusión sobre la integración y sobre si es lo mismo un inmigrante venezolano que un pakistaní. Pero hoy no entramos ahí. Nos quedamos en el paso previo. Si permites que entren 2,5 millones de personas en cinco años, tu mejor opción es que se integren al mercado laboral de inmediato (lo que, además, debería llevar también a un menor consumo de servicios-transferencias públicas). Pero atraer esas cifras para luego encarecerles o complicarles la búsqueda de un trabajo es la peor idea que podrías tener.
