¿Es mala la desigualdad? Pues no está tan claro. Como dice un famoso economista español, "nadie murió de desigualdad, pero mucho sí han muerto de pobreza". Sin embargo, a pesar de esta evidencia, durante las últimas tres décadas, el debate económico en Europa ha desplazado su foco de atención desde la lucha contra la pobreza hacia la denuncia de una supuesta desigualdad creciente. Este giro discursivo, alimentado por tesis como las de Thomas Piketty (en su famoso libro, El capital en el siglo XXI), sostiene que el capitalismo tiende de forma inevitable a concentrar la riqueza en unas pocas manos. Algo que sería peligroso por la tensión social que se genera y porque daña el crecimiento a medio y largo plazo.
El problema es que no es cierto. Es decir, no discutimos aquí si la desigualdad es buena o mala. O si tiene los efectos que asegura Piketty. Lo que decimos que no es cierto es que vivamos en una época de creciente desigualdad. En realidad, los datos históricos y las nuevas investigaciones académicas, como la del economista sueco Daniel Waldenström en su libro Más ricos y más iguales (Deusto), que acaba de publicarse en España, contradicen esta narrativa. Las sociedades actuales no solo son más ricas, sino también más igualitarias en casi cualquier variable que analicemos.
De hecho, como nos explican Nuria Richart y Domingo Soriano en el episodio de esta semana de Economía Para Quedarte Sin Amigos, el análisis de las métricas de bienestar revela una convergencia sin precedentes entre las distintas clases sociales. Si se observan indicadores como la alfabetización, la esperanza de vida, el consumo o incluso la estatura media —estrechamente ligada a la nutrición—, las brechas que separaban a ricos y pobres hace un siglo se han reducido drásticamente. Mientras que en la Inglaterra de finales del siglo XIX la mortalidad infantil afectaba el doble a las familias humildes que a las pudientes, hoy esa diferencia es prácticamente nula. Esta igualación real en las condiciones de vida es el resultado de un proceso de creación de riqueza que ha permitido a las mayorías sociales acceder a estándares de consumo y salud antes reservados a una élite mínima.
La riqueza
Uno de los pilares de esta transformación radica en que la riqueza ha dejado de ser estática y vinculada a la tierra. En las sociedades preindustriales, la propiedad de la tierra era casi un juego de suma cero en el que el patrimonio de los terratenientes se mantenía inamovible a través de las generaciones y en el que lo que uno poseía no estaba al alcance de los demás. Por el contrario, en el sistema capitalista moderno, la riqueza es de naturaleza cambiante y creativa; se genera a través de la innovación y la actividad empresarial. Los grandes patrimonios actuales suelen estar compuestos por activos productivos (sobre todo, acciones de empresas) y no por acumulaciones pasivas de dinero o metales preciosos. Evidentemente, esto cambia mucho nuestra mirada sobre la riqueza. Por poner un ejemplo: Amancio Ortega tiene ahora en realidad lo mismo que hace cuarenta años, acciones de Inditex; es verdad que esos títulos valen ahora mucho más que entonces, pero ni le ha quitado ese valor a nadie ni su propiedad me impide a mí acceder a otras formas de riqueza.
De hecho, este cambio ha beneficiado sobre todo al ciudadano de a pie, ya que ha permitido la aparición de lo que se denomina la "riqueza de la clase media". En el último siglo, el porcentaje del patrimonio nacional en manos del 90% menos rico de la población ha crecido de forma sostenida, mientras que la concentración en el 1% más rico ha caído significativamente. En países como el Reino Unido, el 1% de la población poseía el 75% de la riqueza total hace cien años, una cifra que hoy se ha reducido a niveles cercanos al 20%. ¿Y cuáles han sido los motores de esta democratización patrimonial? Pues fundamentalmente dos: el acceso generalizado a la propiedad de la vivienda y la participación en los mercados financieros a través del ahorro para la jubilación.
Patrimonio y libertad
El valor del patrimonio para las familias de rentas medias y bajas trasciende la mera estadística contable. Disponer de un pequeño capital o de una vivienda en propiedad actúa como un trampolín social y una red de seguridad que permite a los ciudadanos asumir riesgos, emprender proyectos o negociar sus condiciones laborales con mayor margen de maniobra. En este sentido, las críticas hacia la acumulación de capital ignoran que la capitalización es, precisamente, la herramienta más poderosa para mejorar la situación económica de los menos favorecidos.
En este sentido, frente a los modelos de pensiones de reparto, que dependen de la demografía y la gestión política, los sistemas de capitalización permitirían a los trabajadores beneficiarse de los mismos rendimientos del capital que históricamente han enriquecido a los grandes inversores. La evidencia sugiere que, si se facilitara el acceso de las clases populares a estos instrumentos de inversión, la tendencia hacia la igualdad sería aún más pronunciada.
