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La peculiar riqueza de España: más de lo que pensamos, pero demasiado concentrada

El estudio de Waldenström desmonta el mito de la desigualdad: los ciudadanos poseen hoy más capital que nunca gracias al ladrillo y al ahorro.

El estudio de Waldenström desmonta el mito de la desigualdad: los ciudadanos poseen hoy más capital que nunca gracias al ladrillo y al ahorro.
Construcción de un edificio en Barcelona. | Europa Press

Más ricos y más iguales (Deusto), de Daniel Waldenström no sólo es un libro excelente. Lo más importante es que cambia el terreno de juego. O debería hacerlo. El debate sobre desigualdad tiene que reformularse. Hasta ahora, discutíamos si era buena o mala; o si siendo tan mala como nos decían, podía tener algunos efectos positivos; o si al tratar de combatirla, no estaríamos haciendo más daño que beneficio. Ahora ya sabemos que el problema es de origen: es que ni siquiera se está produciendo lo que tantas veces nos han dicho que estaba pasando.

La desigualdad en los grandes países occidentales es mucho menor ahora que hace un siglo. Y lo es en todos los parámetros relevantes: renta, consumo, patrimonio… De hecho, como muestra Waldenström en el primer capítulo, esta deriva igualitaria se ha producido incluso en variables que normalmente no asociamos directamente al análisis económico: de la educación a la salud, las personas de ingresos medios y bajos viven ahora de forma mucho más parecida a los millonarios de lo que nunca han vivido. Nunca hubo tal igualdad de condiciones en las vidas de los más y menos ricos.

Para el lector español, además, el libro tiene una derivada inesperada: en la mayoría de los indicadores, el autor ha seleccionado una serie de países para trazar la evolución de estas variables. Y uno de ellos es España (el resto era más previsible que aparecieran: Francia, Alemania, Reino Unido, Suecia, EEUU).

Riqueza

Aunque, como decimos, el libro trata todo tipo de desigualdades, el grueso del volumen se dedica a la riqueza. Y sí, también en lo que tiene que ver con el patrimonio, Waldenström nos sorprende mostrándonos una catarata de datos que nos indican que todo el discurso de la izquierda occidental de los últimos veinte años estaba sostenido sobre unos pies de barro: vivimos en sociedades mucho más igualitarias de lo que ha sido habitual a lo largo de la historia.

Sólo en EEUU, en las últimas dos o tres décadas, y ligado al crecimiento en la valoración de determinados activos (especialmente empresariales y relacionados con las nuevas tecnologías) hemos visto un pequeño incremento de la desigualdad patrimonial. Pero incluso en ese caso, los niveles siguen lejos de donde estaban hace apenas 90-100 años. Es decir, no sólo no hay unos pocos millonarios que se lo estén quedando todo, sino que el porcentaje de la riqueza nacional en manos del 1-10% más rico es inferior al que tenían a comienzos del siglo XX. De una riqueza, además, que es muy superior a la que existía entonces.

Con estas cifras, es evidente cuál es la otra cara de la moneda, la que nunca contaron los Piketty y compañía: la riqueza en manos del común de los mortales es cada vez mayor. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Fácil: a lo largo del siglo XX se han generalizado dos formas de ahorro-inversión entre las clases medias que no estaban a su alcance. La primera, la propiedad de la vivienda. La segunda, la inversión en los mercados financieros, normalmente en productos asociados a la jubilación. Sí, algo tan sencillo como hipotecas y planes de pensiones: ahí está la fórmula mágica que explica que el patrimonio de las clases medias (y bajas) occidentales se haya disparado.

El caso español

En lo que nos toca a nosotros, el libro no sorprende: más o menos las tendencias son las mismas que en el resto de los países europeos. Es cierto que somos menos ricos que suecos o franceses, pero la evolución es similar (en cuanto a crecimiento) y el reparto también. Eso sí, con un matiz importante: en España, el patrimonio de las clases medias está concentrado en el inmobiliario.

Hay un gráfico en el libro muy significativo (página 95, 3.3; para el que quiera consultarlo). En el mismo se muestra cómo evoluciona la riqueza en los seis países antes mencionados. Y vemos como en todos ellos la propiedad inmobiliaria y el ahorro para la jubilación va creciendo en importancia a lo largo del siglo XX. Pues bien, ahí quizás vemos la mayor diferencia de España respecto a sus vecinos. La parte de ahorro para la jubilación apenas es visible en nuestro caso. No es una sorpresa, pero tampoco esto sirve para tranquilizarnos. Y no es por denigrar el ladrillo: creo que es una suerte que los españoles hayan ido ahorrando a lo largo de las últimas décadas en sus viviendas. Se ha conformado una sociedad de propietarios que quiere cuidar de ese patrimonio. Es verdad que esta inversión tiene también su parte negativa (quizás limita la movilidad geográfica), pero los pros superan con mucho a los argumentos en contra. Un ejemplo de esa parte buena, el español medio es más rico (en patrimonio) que algunos de sus vecinos europeos con rentas más altas (por ejemplo, que el alemán medio). ¿Cómo puede ser? Por esa casa en propiedad que aquí es tan habitual mientras en otros lugares prima el alquiler.

Dicho esto, algunas advertencias que sí deberíamos tener en cuenta:

  • Tenemos todos los huevos en la misma cesta. Y es una cesta, además, con un activo muy peculiar: ilíquido, del que cuesta mucho deshacerse por razones sentimentales, con un riesgo muy concentrado (incluso si el mercado inmobiliario en general va bien, mi barrio puede degradarse)…
  • Se trata de un activo muy sujeto al riesgo legislativo-fiscal, como estamos viendo en los últimos años, entre otras cosas porque no nos lo podemos llevar a ningún sitio; y nuestros políticos lo saben. No es casual que el ataque del Gobierno a la propiedad se centre en buena medida en el sector inmobiliario. Saben que ahí está parte de nuestra independencia y no les gusta.
  • A los partidos que prometen vivienda social en alquiler, debemos exigirle que sea con opción a compra. Porque se cuidan mucho más las casas que uno siente como propias y porque puede ser la forma de acceso a la propiedad para muchos de sus usuarios.
  • Las últimas estadísticas nos dicen que los jóvenes no están accediendo al mercado inmobiliario como sus padres o abuelos. Si no compensan esa carencia con una inversión en los otros activos (financieros) que son más comunes en Europa, se encontrarán en unos años sin ese respaldo patrimonial que tan importante es en la gestión financiera personal, pero también que tanta relevancia tiene como foso defensivo ante el poder político.
  • Por último, el ahorro en el inmobiliario ha servido en ocasiones casi como excusa para evitar o eludir el otro ahorro (en activos financieros), ese que decimos que es moneda de uso común en el resto de los países ricos de Europa. No deberíamos verlo así. Tener un piso es fantástico; pero tener un fondo de inversión o un plan de pensiones en la bolsa ni es incompatible ni debería verse como una elección binaria.

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