
España se ha convertido en uno de los países más contaminantes de Europa en términos de generación eléctrica, pese al fuerte desarrollo de las energías renovables. Según un informe de Civismo, el sistema energético español emite en torno a 125 gramos de CO₂ por kWh, frente a los aproximadamente 30 gramos de Francia, lo que implica que nuestro país contamina más de tres veces que el país de referencia en lo tocante a la penetración de energía nuclear.
Lejos de mejorar, la situación ha empeorado en los últimos años. Las emisiones de CO₂ han aumentado en más de 2,5 millones de toneladas en 2025, reflejando el estancamiento del proceso de descarbonización. Este resultado cuestiona la eficacia del modelo actual, basado en energías renovables intermitentes.
El problema radica en el propio diseño del sistema. Aunque la eólica y la fotovoltaica no generan emisiones directas, su falta de continuidad obliga a recurrir a tecnologías de respaldo, principalmente ciclos combinados de gas. Tras el apagón de abril de 2025, este tipo de generación ha ganado aún más peso, llegando a convertirse en una de las principales fuentes del mix energético.
Este esquema tiene además un elevado coste económico. España ha destinado más de 120.000 millones de euros en primas a las energías renovables en las últimas décadas, con un gasto adicional de 3.700 millones solo en 2024. A ello se suma la necesidad de mantener infraestructuras duplicadas —renovables y sistemas de respaldo—, lo que encarece de forma estructural el precio de la electricidad.
La pérdida de fiabilidad es otro de los efectos señalados. La elevada penetración de energías no gestionables ha deteriorado parámetros clave del sistema eléctrico, como la inercia o la estabilidad de la red, obligando a reforzar el sistema con tecnologías convencionales y aumentando los costes operativos.
A esto se añade un problema de soberanía energética. España depende ya del exterior para el 70 % de su consumo energético, frente al 57 % de hace tres décadas. La desaparición de fuentes propias y la creciente necesidad de importar gas y tecnología han incrementado la vulnerabilidad del sistema.
En contraste, países con un modelo apoyado en la energía nuclear, como Francia, logran combinar menores emisiones, mayor estabilidad y precios más competitivos. La nuclear, que opera más del 90 % del tiempo, permite reducir la volatilidad del sistema y limitar la necesidad de recurrir a combustibles fósiles.
En conjunto, los datos reflejan una paradoja: el modelo energético español, pese a su apuesta por las renovables, no solo no reduce de forma significativa las emisiones, sino que acaba generando más contaminación, mayores costes y una mayor dependencia exterior que los sistemas basados en energía nuclear.


