
Se acercan las vacaciones de verano y aquellos a quienes su economía se lo permita se marcharán de vacaciones, en muchas ocasiones, al extranjero. Es posible que tengamos que pagar con tarjeta en divisa extraña y que en los famosos datáfonos tengamos que decidir si queremos pagar en euros o en la moneda local. Aquí es donde la mayoría de nosotros cometemos un gran error, y dependiendo de las cantidades que gastemos en el extranjero podemos estar pagando un sobrecoste muy poco recomendable. Y más con la maltrecha situación que el sanchismo está dejando en el bolsillo del español medio.
Cuando el datáfono o el establecimiento nos pregunta si queremos pagar en euros o en la moneda local, casi siempre decimos que "en euros". Y ahí es donde está el error. En realidad, es muy fácil de entender. Si tenemos una tarjeta que aplica su propio tipo de cambio, normalmente favorable a nuestros intereses, será ella y no el datáfono del comercio extranjero quien haga el cambio. Así, si decimos que pagamos en la moneda local, la tarjeta es la que se ve obligada a aplicar el cambio. Sin embargo, si decidimos pagar en euros, es el datáfono del comercio foráneo quien aplica el tipo de cambio que mejor le conviene y que habitualmente es contrario a nuestros intereses.
Este mecanismo tiene nombre técnico: se llama DCC, conversión dinámica de divisas (Dynamic Currency Conversion, por sus siglas en inglés). Y aunque suene a jerga bancaria, conviene memorizarlo porque es justo la trampa en la que caemos casi sin darnos cuenta. El comercio, o directamente el propio datáfono, nos ofrece la "comodidad" de ver el importe en euros antes de pagar. Parece un favor, pero es un negocio: el tipo de cambio que aplican no es el oficial del mercado, sino uno con un margen añadido que se queda el intermediario. Cuanto más "amable" nos resulte ver el precio en nuestra moneda, más caro nos suele salir.
Así, tal y como recordaba hace no muchas fechas Antón Díez Tubet de N26 en Con Ánimo de Lucro, estas vacaciones es preferible no regalar dinero que no tenemos por querer pagar con tarjeta. Pensemos que los datáfonos pueden llegar a meter hasta un 10% de comisión por el cambio. En un viaje de una semana con gastos moderados, ese porcentaje puede traducirse fácilmente en varias decenas de euros regalados sin motivo, dinero que, sumado noche tras noche, cena tras cena y compra tras compra, termina pesando bastante más de lo que pensamos al volver a casa y revisar el extracto.
La recomendación, por tanto, es sencilla de aplicar aunque cueste recordarla en el momento: pagar siempre en la moneda local, nunca en euros, cuando el datáfono nos dé a elegir. Conviene, además, fijarse en si nuestra tarjeta cobra comisión por operar en el extranjero, porque no todas las entidades trabajan igual; hay tarjetas, como las de algunos bancos digitales, pensadas específicamente para viajar sin recargos ni sorpresas en el cambio. Y lo mismo aplica a los cajeros automáticos: también ahí suelen preguntarnos en qué divisa queremos que se calcule la operación, y la respuesta correcta vuelve a ser la misma, la moneda local.
Un pequeño gesto, un solo clic distinto en el datáfono, que puede evitarnos pagar de más por unas vacaciones que, con la que está cayendo, ya son suficientemente caras de por sí.
