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LOW PROFILE, por Víctor Gago

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LD (Víctor Gago) Casi al mismo tiempo, Rajoy promete una reforma fiscal y Montilla estrena Agencia Tributaria. Chiste llorón de la España plural, espasmódica orquesta de trombones y estornudos para la gran obertura de la despedida y cierre de un país. Hasta para quedar colgado de la brocha hay que saber sincronizarse con el que quita el andamio bajo los pies.
 
Después de los inspectores de Hacienda del Tripartito, vendrán los inspectores de Hacienda de Chaves –glorioso cuerpo aplaudido por Arenas–, los de Paulino Rivero (CC) y José Manuel Soria (PP), los de Touriño (PSOE), y así hasta convertir la pesadilla del Estado recaudador en la pesadilla del nacionalismo déspota en todas sus variantes –incluidos los adefesios particularistas que están brotando por doquier en el PP–.
 
¿De qué sirve una fuerte rebaja del IRPF si los contribuyentes van a estar a merced del criterio, la doctrina, la discrecionalidad y las arbitrariedades de diecisiete policías tributarias, con sus diecisiete tribunales económico-administrativos y sus diecisiete tribunales supremos, un sistema cuidadosamente calculado para abolir la igualdad y la seguridad, y dar barra libre a los políticos con el patrimonio, la renta y la conciencia de la gente?
 
Porque, a ver quién es el guapo que se atreve, a partir de ahora, a dar la barrila con la escolarización de sus hijos en castellano, o con exigir libertad de prensa, o con oponerse a que en Educación para la Ciudadanía se enseñe que a veces es conveniente dialogar con terroristas.
 
A ver quién es el Shin Chan de bolas colganderas que camina alegre, a partir de ahora, por la disidencia –una travesía, de por sí, encrespada y sedienta– con la amenaza de una inspección de Hacienda de Montilla rondando su puerta alfombrada con un Dios bendiga esta Casa.
 
Visto de otro modo –exactamente, para qué engañarnos, como lo estarían viendo para sus adentros algunos de los empresarios y directivos a los que Rajoy anunció este martes su meritoria reforma–:
 
¿Para qué necesito rebajas en el Impuesto de Sociedades, en el de Operaciones Societarias o en el de Patrimonio, si por un módico y discreto estipendio puedo conseguir que mi contabilidad creativa y mi detergente lava más blanco pasen, incluso si decidiese llevar puestas las mismísimas zapatillas podridas de Kurt Cobain, el cordón de gorilas de la disco más cool de Sablazo Beach, donde la Identidad, la Tiranía y el Tercermundismo se ponen hasta arriba de impuestos, la farlopa de todos los demagogos?
 
Algo así debió de salir del magín de Luis del Rivero, el amigo bola extra de Intermoney, mientras se atusaba el bigote escuchando atentamente a Mariano Rajoy Brey:
 
– Pero, Don Mariano, ¿quién necesita una política fiscal liberal, pudiendo ponerle una Agencia Tributaria a Montilla, qué merendilla, el de los mil millones, como quien pone piso a una querida? ¿Quién va a necesitar a Juan Costa o al mismísimo Rodrigo Rato, a partir de ahora, teniendo a tiro de moneda al contable de los hermanos Chaves? ¿Quién quiere libertad, pudiendo comprar cuarto y mitad de seguridad?
 
En éstas estaba el jefe de la Oposición, cuando el Parlamento de Cataluña crea este miércoles la primera Agencia Tributaria nacionalista, un hito de la etapa constitucional –que ya es post-constitucional– que rompe con uno de los pilares de la igualdad de los españoles, a su vez, pilar de su libertad.
 
Dice Rajoy que la prioridad de su Gobierno será la reactivación económica, y que por eso anuncia su ambiciosa reforma fiscal.
 
El problema de fondo es que en España todas las prioridades, incluida la prosperidad, se resumen en una: qué hacer frente al reparto del chiringuito por el PSOE y los nacionalistas, con ETA como ticketera, pinchadiscos, camello de confianza y madamme.
 
A ese fiestorro, el PP no está invitado.
 
La exigencia de las actas del Gobierno con ETA es la clave del resto de las políticas tecnocráticas que, por otra parte, el PP ha demostrado saber aplicar mejor que nadie.
 
Sin la verdad de lo que ha pasado desde las primeras reuniones del PSOE con ETA, en plena vigencia del Pacto Anti-terrorista, no hay un país normal en el que poder aplicar las buenas promesas de Rajoy.
 
La ducha escocesa entre grandes intervenciones parlamentarias y el low profile para cócteles, tertulias y cuchipandas no parece que vaya a animar a Zapatero a satisfacer aquello de "merecemos un Gobierno que no nos mienta".

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