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PARA QUÉ ESTÁN LOS AMIGOS, por Víctor Gago

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LD (Víctor Gago) Mariano Rajoy ha dicho este lunes que está "encantado" porque, desde el 27-M, ha visto cómo aumenta su número de amigos.
 
En cambio, del pobre Simancas, los amigos huyen como de Job con llagas. El primero fue Blanco, que el pasado 30 de junio, tres días después de las Elecciones, le hizo la autocrítica al compañero, picoteando con la precisión funeraria del cuervo de Poe en el ojo del que se come el marrón de la catástrofe socialista en Madrid.
 
"El secretario de la Federación Socialista Madrileña tiene que abrir una reflexión", le dijo. Cuando alguien como Blanco ordena reflexionar, hay que empezar a dejar los asuntos personales en orden y despedirse serenamente de amigos, parientes y demás allegados.
 
Menos mal que a Rajoy todos quieren abrazarle, como escuderos o como judokas, que nunca se sabe.
 
Gallardón y Piqué le adoran y se postulan para acompañarle al Congreso, siempre un paso por detrás del líder y veinte zancadas por delante de los acontecimientos. Es lógico, siempre que el jefe siga dándoles vidilla, con esa proverbial pereza suya para las fatigas de la claridad.
 
Pero tan sofocantes tienen que estar resultándoles los abrazos –con estos calores y un largo y tórrido verano por delante–, que esta vez se los ha sacudido como una gran vaca pastuna las moscas, con un golpe elíptico y seco de rabo: "En principio, en el PP somos partidarios de que las personas se dediquen a una sola cosa".
 
Obsérvese el sintagma "en principio", definitorio de la actitud de Rajoy ante los apremios de la política y de la vida. En Rajoy, muchas cosas son sólo "en principio". Cuanto menos cosas definitivas, mejor, porque a Rajoy, lo que le pide el cuerpo centrista es formar "ticket electoral" con Gallardón, como se dice ahora. De natural bondadoso, el presidente del PP cree que el alcalde se le ofrece de buena fe, desinteresadamente, para hacerle jefe del Gobierno por el bien del PP y de España.
 
La advertencia de Rajoy a Gallardón en Onda Cero,  este lunes, servirá al líder del PP para ganar tiempo y al alcalde lo mantendrá callado durante un rato.
 
Pero incluso a eso, Rajoy llega tarde, porque el alcalde ya ha adelantado que cerrará la boca hasta que toque.
 
Después de todo, él ya ha colocado su agenda. Su órdago al partido rueda a estas alturas con tracción propia, periódicamente surtido de combustible por ABC.
 
El diario oficial de Gallardón es a Rajoy lo que Blanco ha sido a Simancas, un cuervo posado en el hombro, aparentemente domesticado, hasta que suelte el primer picotazo, a la menor derrota, y entonces, ya no parará.
 
El secretario de la siempre entretenida FSM, por su parte, no deja demasiados amigos en la Ejecutiva regional. Su apuesta suicida por los manejos de Zapatero le ha dejado en tierra de nadie: apestado para la FSM por aceptar a Miguel Sebastián y apuñalado por Zapatero, por perdedor. Menudo es el jefazo para olerse los fracasos y dejar tirados a los suyos. Ni siquiera cerró la campaña en Madrid capital, como es tradición, por no aparecer al lado de su amigo de Intermoney en vísperas del batacazo.
 
Simancas se ha tragado un bote entero del ricino de la política, la pócima de traición y mentiras que los fuertes dan a beber a los débiles de este negocio.
 
Sebastián se va dando lecciones de dignidad,  elogiado por Zapatero y De La Vega, mientras el esforzado secretario de la FSM lo hace arrastrándose a una humillante reunión en La Moncloa, sin gloria, sin amigos. Así se escribe la lucha de clases.

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