Tras un prolongado recuento de votos, por cierto, previsto por la legislación yugoslava, conocimos los resultados oficiales del escrutinio: no hay vencedor absoluto y habrá una segunda votación. ¿Son de fiar estos datos, o la victoria absoluta de la oposición ha sido robada por el régimen? Esta es la primera pregunta que se plantea la comunidad internacional. Pero, sea como sea, Milosevic, gran especialista en manipulaciones y mistificaciones, decidió darse otra oportunidad y a nosotros ofrecernos la prolongación de este culebrón.
Y hay otra pregunta: ¿Milosevic, líder autoritario y, al parecer, sin escrúpulos, no se ha proclamado vencedor porque es más honesto que lo que se pensaba de él o por el simple miedo de cometer un fraude demasiado llamativo?
Mientras tanto, hasta los resultados oficiales demuestran la voluntad de cambio de la mayoría de los serbios, hartos del nacionalismo agresivo de su presidente. Para nada sirvió a Milosevic, esta vez, su imagen de dirigente que lucha contra todo el mundo por su patria. Ha perdido la confianza de su pueblo. La gente quiere una vida mejor para sus hijos.
Al mismo tiempo, hay que destacar que la euforia de los partidarios de la oposición ha sido prematura, igual que las declaraciones demasiado optimistas de algunos políticos europeos que hasta propusieron el levantamiento inmediato de las sanciones, impuestas a Serbia por su papel en las guerras balcánicas.
Seamos más prudentes, no forcemos los acontecimientos, a pesar de toda nuestra solidaridad con la oposición serbia. Milosevic no está todavía vencido, tiene margen de maniobra. A su disposición sigue estando el aparato represivo del Estado y entre la población tiene bastantes partidarios. Además, no hay seguridad ninguna de que no esté elaborando algún plan maquiavélico para quedarse con el poder.

Milosevic no se rinde
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