La Casa Blanca se negó cortésmente el miércoles a conceder la entrevista (sin cena) que Alberto Fujimori solicitaba con el Presidente Clinton. Sucede que siguiendo la mejor tradición de “vi luz y subí”, el líder peruano anunció que liaba los petates y salía para Washington. Algunos malpensados creyeron que adelantaba sus compras navideñas. Nada de eso, el sorpresivo viaje tiene otras intenciones. Con la situación de Vladimiro Montesinos aún pendiendo de la resolución que tome el gobierno de Panamá, Fujimori procura en Washington resolver los temas más inmediatos.
Primero, completar la neutralización de Montesinos, tanto interna como internacional, ofreciéndole un “puente de plata”, un refugio seguro y una cierta garantía de que no se intentará su extradición. Sucede que la situación jurídica de Montesinos puede tornarse precaria, ya que, si bien en Perú, al menos por el momento, no hay ningún juez que le reclame, probar en Panamá su condición de “perseguido político” al que se le debe dar asilo, puede no ser del todo simple.
La segunda parte de la maniobra es lograr el “apoyo” de los EE.UU y la OEA para permanecer en el poder hasta julio del 2001 y ser él quien lleve adelante el nuevo proceso electoral. Esta idea es rechazada por la oposición que desea la inmediata formación de un gobierno de transición y que sea este y no “el chino” quien tenga a su cargo el proceso electoral.
Fujimori pasará también a cobrar unas facturas que él estima impagadas, por la ayuda que le brindó a los Estados Unidos en el tema del narcotráfico y reducción de la producción cocalera. Claro que al respecto va a haber discrepancias –y grandes– respecto de lo que Washington pueda llegar a entender que debe hacer por Fujimori y lo que éste espera.
Hay dos factores adversos no menores. Por un lado, la administración de Bill Clinton está entrando en sus últimos meses, y tradicionalmente en estos momentos, el presidente saliente es mucho más cuidadoso de su “legado”, por lo que, unido a que la imagen internacional de Fujimori no es hoy precisamente la de un arquetipo de la democracia, hacen que de su entrevista de hoy con la Secretaria de Estado Albright mejor no aguarde mucho más que frases de aliento a la estabilidad democrática y a la transición ordenada. El otro factor que pesará en la actitud de Washington es la pendiente en la que se encuentra el peruano en cuanto a su control sobre el Congreso, donde sucesivas deserciones, de sus hasta ahora firmes apoyos, determinó que esta semana perdiera el control de la mayoría en la cámara.
Para contrarrestar esta imagen, la salida de Perú, en estos momentos, se presenta como un reaseguro de “yo estoy al mando, los militares están tranquilos y no hay peligro de golpe de estado (mientras yo siga al timón)”. Con este viaje relámpago, además, Fujimori sigue demostrando que su capacidad para la acción inesperada está intacta y que por cierto no piensa entregar el poder y perderse en la niebla del tiempo.
Si tuviéramos hoy que arriesgar una hipótesis respecto de su estrategia, diríamos que en los próximos meses va a coronar a un “delfín” y va a intentar desde el poder, poner todo el aparato –y el dinero– del Estado para que este triunfe en las elecciones garantizándole la impunidad legal y la posibilidad de volver al ruedo político al concluir este mandato.

"El Chino" en Washington
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