“Fíjate tú lo que son las cosas: Luis y yo preocupados por nuestros compañeros fiscales del País Vasco y mira ahora al pobre Luis”. Era el lamento en voz alta de un fiscal, compañero de Luis Portero.
Durante 35 años en la Carrera fiscal, este madrileño de 59 años estrenó su toga en Barcelona, en el año 67. Allí vivió la Transición. Después, su toga viajó con él a destinos como Málaga, Las Palmas y, finalmente, al Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Desde hace bastante tiempo intentaba volver a Madrid, junto a su mujer y sus cuatro hijos. Volver, pero como Fiscal de Sala. Un ascenso que siempre se le negó. “Es que Luis va por la vida de independiente, no pertenece a ninguna asociación fiscal y eso se paga” argumentaba un amigo suyo.
Católico practicante, viajero y experto en arte, Luis Portero tenía hábitos fijos; quizá porque nunca creyó que podía ser objetivo de ETA. “Los hábitos de los fiscales –señalaba el fiscal Jefe de Sevilla Alfredo Flores– vienen marcados por los horarios de los juicios; ¿cómo vamos a cambiarlos?”
Además de su familia, el refugio de este fiscal fue la Universidad. Muchos jueces y fiscales de los últimos treinta años han sido alumnos suyos. Ahora, los libros que Luis Portero ha publicado sobre la violencia doméstica, los menores o los discapacitados, serán su legado jurídico.

Un fiscal apreciado
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