Del entusiasmo al asombro. De la emoción al desconcierto. De la incredulidad al absurdo. Del esperpento al ridículo. La democracia norteamericana, en principio la más arraigada, la más sosegada, la referencia de muchos, está enseñando su lado más primitivo, su faceta más infantil.
Todo un espectáculo -televisado y radiado al mundo entero- que está sirviendo para demostrar a muchos que Estados Unidos no es una maquinaria perfecta, y en el mundo de la tecnología punta, al final, en todos sitios cuecen habas. Desde luego, por el momento, no se pone en duda la pureza democrática de la elección. Lo que sí parece -aunque sea sólo una comparación pasajera- es que si lo que se está viviendo en Estados Unidos hubiese pasado en España, en alguna convocatoria electoral desde el año 77, esto habría sido el acabose.
Esto que puede parecer una afirmación gratuita se convierte más bien en una realidad concluyente. Del exterior se aprende lo bueno. Pero, a veces, estas historias sirven también para valorar lo propio. Y sirve para concluir que 25 años después la democracia española funciona como un reloj. La democracia española está asentada en su funcionamiento más básico, en su estructura de certificación. La democracia española, tiene parcelas que mejorar, e incluso que renovar. Pero muchas veces, la solución está en casa, no está fuera. Y es que al final no funcionamos tan mal. Y lo que hay que cambiar se puede hacer sin el ejemplo de otros.

Aprender de lo ajeno
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