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¡Rusia es culpable!

Así gritaba el viejo general Franco en sus años más combativos cuando los rusos o los soviéticos eran el enemigo principal del Caudillo invencible y de sus seguidores. Algo parecido gritaron estos días en Viena los jefes de las diplomacias de los 52 países miembros de la OSCE, la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa, cuya arqueología data de la guerra fría, como tantas otras instituciones internacionales.

Mientras los reproches llovían, Ivanov y su escudero, Gusarov, viceministro de Exteriores, miraban distraídamente al techo o silbaban animadas melodías caucásicas. Porque, en efecto, se trata del Cáucaso. A los rusos les reprocharon sus pares de la OSCE que hubieran incumplido todas las promesas que hicieron en este y otros foros internacionales sobre Chechenia, Moldavia y Georgia.

Hace un año, en Estambul, durante el plenario de la Organización, Yeltsin se puso borde e insultó a sus acusadores con palabras gruesas y gestos obscenos. Ivanov, que estudió en la escuela del KGB, no ha llegado este martes en Viena a esos extremos, aunque ganas no le faltaban.

De todos modos, con reproches o sin ellos, las tropas rusas seguirán haciendo de su capa un sayo en Chechenia, Moldavia y Georgia. No hay que hacerse ilusiones: al gobierno ruso le importa un bledo la opinión de los cincuenta países de la OSCE y sólo se dejan querer en la medida en que sigan manando créditos y dádivas. El resto es silencio.

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