Un día después, seguimos a vueltas con el submarino amarillo. Y en esta ocasión, desde el Gobierno, nadie puede decir nada. Ellos son los que se han metido, solitos, en este berenjenal. Un terreno, sin duda, complicado. Pero no solo por unas declaraciones de Aznar, más o menos interpretables. Sobre todo, porque ahora aflora de golpe, un caso que no se ha llevado bien desde el Ejecutivo.
Poca claridad, bromas poco adecuadas y contradicciones
permanentes. Una actitud que ha provocado una especial sensibilidad en la opinión pública. En esto, llega el presidente del Gobierno, realiza unas declaraciones, cuando menos, equivocas y entonces se monta la de Troya. Pero lo dicho, el problemas no es solo de ayer. El problema es de un largo itinerario de despropósitos y opacidad.
Estaremos de acuerdo en que, en esta ocasión, no hay campañas orquestadas. No hay cornadas sin sentido de la oposición. Esta vez asistimos a una colección de despropósitos del Ejecutivo, coronados por el presidente y rematados por la Oficina de Información Diplomática. Lo mejor que puede hacerse desde el Gobierno es reconocer el equivoco de ayer. Y hacer borrón y cuenta
nueva.
Definitivamente, el amarillo no le sienta bien a este gobierno. ¿Bromas con el amarillo?. Nunca más.

El amarillo ya no es un color
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