El patético deseo del presidente ruso, Vladímir Putin, de recuperar la “grandeza” del antiguo imperio bolchevique se conoce de sobra. Busca en el basurero histórico los viejos símbolos y atributos de aquel poder perverso para reanimarlos, a veces con etiquetas modernas, a veces sin ellas. Así, por ejemplo, el antiguo himno proletario será interpretado desde ahora con una nueva letra. En cuanto a cosas más serias, como la práctica de perseguir a los oponentes políticos, el militarismo y el deseo de concentrar todo el poder en sus manos también copia el pasado.
La obsesión del dirigente ruso por restablecer la amistad con los antiguos socios estratégicos del comunismo es también conocida. Se apresuró a estrechar la mano de los marginados regímenes de Corea del Norte y Cuba. Los ayatolas iraníes, amigos previlegiados, están encantados: los rusos les suministran tecnología para su central nuclear y les forran de las armas más sofisticadas, olvidando sus propias promesas a Washington de no hacerlo.
En cuanto a Irak, dicen que la “amistad” de Rusia se explica por el deseo de recuperar de su viejo aliado los 7.000 millones de dólares que debe Saddam a Moscú.
Sea como sea, tenemos nuestras dudas de que se trate de un vulgar pragmatismo. Los comunistas y nacionalistas rusos siempre han tenido una especie de admiración por Saddam, abnegado enemigo de Washington y del mundo occidental. Uno de ellos, el nacionalista más folclórico, Vladímir Yirinovski, hasta se desplazó a Bagdad para besar a Saddam y darse un bañito en la piscina privada del dictador.
Y, al parecer, son los nacionalistas y otros nostálgicos del pasado, quienes, hoy en día, cortan el bacalao en el Kremlin.

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