Sólo una persona políticamente inocente no vería una “extraña” coincidencia entre las negociaciones en Moscú del secretario de la OTAN, George Robertson, y las noticias sobre el “brillante desarrollo” de relaciones políticas y militares entre Rusia y China. Nada es casual en esta vida, especialmente cuando se trata de la política global, por ejemplo, de la ampliación de la OTAN o el nuevo sistema de defensa estratégica.
Rusia ha advertido, en muchas ocasiones, de que los planes de ampliar la Alianza Atlántica con los países del Este, incluso los Bálticos, tendrán “graves consecuencias” y una “respuesta adecuada”. Se insinua, desde hace varios años, la posibilidad de una unión político-militar con China, que, además, tendría como aliados o simpatizantes a varios países ex-soviéticos de Asia Central, así como a Corea del Norte, Irán e India. Se trata de crear un bloque militar con gigantescos recursos humanos y un considerable potencial industrial, un digno contrapeso a la OTAN.
Esta vez, Rusia ha considerado oportuno enviar otro mensaje todavía más claro a Occidente sobre el carácter de sus contactos con China. Y eso, a pesar del ambiente casi amistoso que ha rodeado la visita de Robertson a Moscú: las invitaciones a Putin para visitar Bruselas y las alusiones a que Rusia podría, un día, entrar en la Alianza.
Según algunos observadores, este mensaje serviría también para que la OTAN tome en consideración los planes de defensa no estratégica que Rusia ha preparado para Europa y que ha entregado al secretario general de la Alianza. Moscú considera que sus planes son una alternativa, más barata e idónea, que la propuesta de crear un “escudo antimisiles”, hecha a los europeos por Estados Unidos.
¡Ojo, Sir Robertson, qué Rusia va en serio!

Una clara advertencia a occidente
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