La posibilidad de que José María Aznar se presente como cabeza de cartel a unas elecciones europeas; que coincidirían con las generales del 2004, como paso previo a la presidencia de la Comisión Europea; ha levantado un considerable revuelo de nerviosismo entre los populares, un revuelo con un ribete de rabia por haberse descubierto, antes de tiempo, una de las posibilidades previstas. Pero en fin, lo cierto es que en la estrategia, que ha visto la luz pública, no hay nada que se salga de lo normal. Estamos hablando de una estrategia electoral y política, lícita en toda su extensión.
Es más, parece conveniente que una vez visto lo visto, mírese al vecino de la calle Ferraz, se procure y diseñe una salida, una posición para una persona que ha estado ocho años en el Palacio de la Moncloa. La estrategia, que se ha sabido, tiene, desde luego, el condimento de un buen conocedor del terreno, y ofrece también el aspecto de una personalidad previsora.
Quizá de todo esto lo que sí se puede aprender es la misma lección que con la reciente polémica de la sucesión. No es bueno el secreteo, no es bueno mantener la tensión sin razones aparentes. Por un lado, el ciudadano no se asusta de los planes de los políticos, quiere conocerlos. Es más, hay miles de votantes, militantes o no, del PP que quieren saber qué va a ser de su voto dentro de tres años. Quieren saber si el proyecto por el que han apostado termina en 2004 o tiene una continuidad en el tiempo.
Por otra parte, jugar con el futuro puede significar jugar con fuego. Vestir, con el manto de la interrogación permanente, el trabajo de muchos cargos políticos y electorales del PP puede provocar un nerviosismo cada vez mayor, en la medida que se acerque el 2004. Muchos se juegan el sueldo y el trabajo. Y quieren saber a qué atenerse. No parece pues que el ministerio sea la mejor manera de presentar el futuro. El futuro tiene que ser, por encima de todo, normalidad.

El futuro necesita normalidad
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