¿Qué es un esclavo? Cosa. Ningún derecho le concierne. Cedida por su propietario a otro poseedor a cambio de un objeto equivalente, la cosa es ciega y muda. Persevera sólo en la inercia. Y es su consuelo, al fin, su único consuelo, que uso y tiempo acaben, como a toda cosa sucede, por transmutarlo en “tierra, en humo, en sombra, en polvo, en nada”.
Esclavos. Niños esclavos, para ser más precisos. En un barco fantasma que partió de Benin. No niños maltratados, explotados o desposeídos. Para ser desposeído se precisa tener –o haber tenido alguna vez— alguna cosa; para la explotación se requiere, de algún modo, un derecho violado, para la desposesión es necesario ser, al menos, sujeto, sujeto maltratable. Y no lo son los del barco de Benin. Sólo cosa. Carga en la más honda bodega de la nave y el predador inconsciente humano. Y quizá ya ni eso. Materia orgánica arrojada, como una incómoda sobrecarga no rentable, por la borda.
Occidente bombardea a canallas políticos a los cuales, de alguna manera, reconoce sus iguales. Occidente sabe del intacto tráfico de esclavos que sigue tejiendo la cotidiana monstruosidad en buena parte de África. Occidente no mueve un dedo. Cosas de negros, dice; cosas de salvajes. Hemos borrado a África de nuestra memoria y de nuestra conciencia. Ni siquiera nos ofende este esencial racismo nuestro que nos hace ver lo más monstruoso como normal en casa de los otros: hijos que sus padres venden.
Tal vez no existan ya. Puede que, para su bien, todo haya ya acabado. Única felicidad del que nada posee: “con la muerte libraros de la muerte / y el infierno vencer con el infierno”.

Infierno con infierno
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