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Castro en Argel: Una visita oportuna

No podía haber escogido Fidel Castro mejor momento para visitar la República Democrática y Popular de Argelia. El país está casi en pié de guerra, en Kabilia arde Troya y los cabileños están sublevados contra un poder central tan corrupto como cruel. Las calles de Argel están ocupadas por manifestaciones de estudiantes y ciudadanos del común que piden la dimisión de Abdelaziz Buteflika, un presidente nombrado a dedo (previo pucherazo electoral) por la cúpula militar que dirige el país desde la sombra.

No hay semana en que los islamistas no asesinen a pacíficos e indefensos ciudadanos mientras la policía y el ejército miran hacia otro lado o colaboran en la masacre. Y todo esto en un marco de crisis económica y social generalizada, con una juventud cuya única alternativa viable parece ser la emigración a Europa, algo casi imposible porque el cupo está cerrado y el único método viable son las “pateras”.

Asombra que un país con tantos recursos (tanto energéticos como agrarios, si se explotaran convenientemente) se encuentre en una situación casi desesperada y sin perspectivas viables de futuro a causa de la clase política, la “nomenklatura” heredada del régimen de partido único y de la “economía autogestionada”.

Y asombra también que el presidente Buteflika, que hizo sus primeras armas como sayón de la dictadura sanguinaria de Bumedien, pueda seguir rigiendo los destinos de la nación sin que finalmente los militares que lo colocaron en el sillón se lo quiten.

Aislado internacionalmente, Castro intenta con esta visita revitalizar el llamado Grupo de los 77, un “sindicato” que él alienta formado por los países más pobres, explotados, autoritarios y corruptos del planeta. De Argelia, el dictador cubano se trasladará a Irán (otra democracia religiosa ejemplar) y Malasia. Si tiene tiempo no sería de extrañar que se desviara a Corea del Norte o a Libia, cuyos dictadores respectivos son “cuates” del tirano caribeño.

Castro y Buteflika son amigos desde hace mucho tiempo y les une al menos una común afición: su capacidad ilimitada para machacar y empobrecer a sus pueblos respectivos. Dios los da y ellos se juntan.

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