Menú

Después de la batalla

La ofensiva se ha desmoronado. Porque ha sido, de verdad, la más unánime ofensiva del Estado democrático sobre el tejido desgarrado de un país vasco cortado en dos por una casi tangible línea de trincheras. Necio sería ocultar que jamás un consenso tan amplio de la sociedad española se había anudado en torno a un proyecto político; que jamás gentes de procedencia ideológica y cultural tan diversa habían aceptado la necesidad de poner en sordina diferencias; de apostar por un mínimo garantista frente a la lógica feroz de la exclusión social (y, en el límite, el asesinato) de casi la mitad de la población vasca a manos de la otra. Necio sería ocultarse que, tras una ofensiva general que falla su objetivo, sólo queda una derrota. Sin paliativo. Y que esa derrota no es la del país vasco sólo. Es la de España. Y no sólo moralmente.

Ninguna cosa hay peor, cuando ya una derrota ha sucedido, que empecinarse en negarla. Si una mínima racionalidad política puede llegar a imperar un día en ese territorio masacrado, ello depende sólo de nuestra capacidad (digo la nuestra, no sólo la de nuestros demasiado incompetentes políticos) para entender cómo pudo gestarse este desastre. Y cuáles son sus verdaderas dimensiones.

Nada hay más peligroso que el consuelo. ¿Se da, de verdad, cuenta Mayor Oreja de lo que está diciendo cuando reivindica como logro del PP que, gracias a su política, el voto nacionalista se haya desplazado de EH al PNV? Porque si así fuera, lejos de sentirse consolado, debería experimentar el gusto de algo más que un átomo de infierno. Y es que, si el único efecto de una ofensiva democrática en todos los frentes ha sido unificar (tendencialmente) el voto independentista en un solo partido –idéntico al germinal Estado, como lo es el PNV– capaz de gestionarlo en modo óptimo, eso equivale a confesar que la guerra se ha perdido. Que ya no precisa siquiera ETA de un brazo político propio. Que su representación institucional puede ser ejercida por el partido patriótico casi único, aquel de cuya privada bandera se tomó la bandera de la recién inventada patria vasca.

No sé si se dio cuenta Mayor al formularlo. Sé que todos habremos de afrontar ése, el verdadero drama. No hay más Estado en Vascongadas que el PNV. Ni más potencial ejército –ahora que, en toda Europa, bancos emisores y ejércitos nacionales están a siete meses de su extinción– que aquel que germinalmente ETA esbozó hace más de treinta años. EH o HB son transitorias. Sólo ETA y PNV perseveran. ¿Los demás? Al abismo.

Luego del desmoronamiento de la gran ofensiva.

En España

    0
    comentarios

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida
    • Reloj