OTR-Press.-
Que Internet va a acabar sirviendo para todo es algo que se veía venir. Nos metemos en la red para leer el periódico, para buscar documentación, para organizarnos un viaje, para reservar una habitación de hotel o una entrada para el último espectáculo, para comprobar el estado de nuestras cuentas bancarias o de nuestras inversiones (si las hubiera), para
chatear
con amigos y desconocidos de todas partes del mundo (algunos, incluso, han encontrado pareja; otros, con la mejor intención, han intentado adoptar un niño), para hacer aportaciones a buenas causas, para consultar a algún remoto médico-brujo cualquier mal que la medicina convencional no puede curarnos. En fin, para muchísimas cosas. Y, sobre todo, para volver a escribir. Algunos han descubierto de nuevo el placer de mantener correspondencia, de recuperar el denostado género epistolar. Aunque sea con la puntuación gramatical de un niño de 4 años.
Bueno, pues por ahí, por la ancestral afición a cartearse de algunas personas, parecía que el viejo Ponny Express, el Miguel Strogoff de otros tiempos, iba a salir perjudicado: no más sellos, sobres y cuartillas. Pues no. Porque resulta que ahora la gente, para no tener que salir de casa más que para ir a misa, a jugar al julepe o a los caballitos con los niños, hace sus compras a través de Internet. Y ya no se trata de encargarle a Carrefour o al Corte Inglés que te traigan las viandas a casa para no ir tú cargada como una mula. No. Es que, además, muchos se compran ya en la red cualquier cosa. Lo más normal es comprar un libro, o un video, o un CD. Cosas que uno podría perfectamente agenciarse en una librería o un supermercado, que siempre hay alguno cerca. Pero la gente empieza a comprar todo tipo de cosas: ropa, bisutería, juegos de ordenador, teléfonos móviles, calculadoras, objetos de jardinería, artículos de belleza, patines y patinetes, un coche nuevo... y participan en subastas, como aquella en la que se podía pujar hasta por un dinosaurio.
Y, claro, nada como Internet para librarse del engorro de tener que salir a la calle (sobre todo si se vive en una metrópolis tipo Madrid) para comprar el regalo-compromiso-de-turno. En las tiendas virtuales le mandan al compromiso-de-turno tu bonito presente. Y en ese proceso un educado texto te pregunta: ¿lo envuelvo para regalo? Y tú haces clic y listo. Y el servicio de Correos resucita. Ha perdido unos cuantos clientes que ahora se comunican a base de 'emilios', pero ha ganado (y mucho, porque los paquetes pesan y necesitan mucho más franqueo) con los clientes del comercio electrónico. En las estanterías de las oficinas de Correos se amontonan ahora paquetes y paquetes marrones que por fuera ponen cosas como Amazon.com, o HMV.co.uk, o Crisol.es.
Sin embargo, ya se sabe, hay cosas que uno jamás compraría a través de Internet. Mi madre, sin ir más lejos, jamás compraría un besugo sin verlo. Porque al besugo hay que “mirarle el ojo”. O un melón. ¿Quién es el listo que se atreve a pedir un melón por correo sin antes haberle tanteado los polos?
Pero dicho todo esto, llega el momento de la verdad y, ¿qué pasa? Pues que nos entra el canguelo de que el número de nuestra tarjeta de crédito ande por ahí, navegando sola a través de los procelosos océanos internáuticos , al albur de los piratas que un día sí y otro también nos aseguran que abundan en la red. Y dejas para el día siguiente la tentación de pedir el último grito en dermoestética de Yves St. Laurent para ti, la box-set de Buffalo Springfield para el melómano de tu marido o el estuche de lápices de Harry Potter para la intelectual de tu niña de 5 años. Mientras tanto, por supuesto, te enteras de que a tu pareja, no sólo le gustan los toros (cosa que te había ocultado durante vuestra dilatada convivencia), sino que además lleva ya un lustro comprando en Internet. Y tú sin enterarte.
Bueno, pues por ahí, por la ancestral afición a cartearse de algunas personas, parecía que el viejo Ponny Express, el Miguel Strogoff de otros tiempos, iba a salir perjudicado: no más sellos, sobres y cuartillas. Pues no. Porque resulta que ahora la gente, para no tener que salir de casa más que para ir a misa, a jugar al julepe o a los caballitos con los niños, hace sus compras a través de Internet. Y ya no se trata de encargarle a Carrefour o al Corte Inglés que te traigan las viandas a casa para no ir tú cargada como una mula. No. Es que, además, muchos se compran ya en la red cualquier cosa. Lo más normal es comprar un libro, o un video, o un CD. Cosas que uno podría perfectamente agenciarse en una librería o un supermercado, que siempre hay alguno cerca. Pero la gente empieza a comprar todo tipo de cosas: ropa, bisutería, juegos de ordenador, teléfonos móviles, calculadoras, objetos de jardinería, artículos de belleza, patines y patinetes, un coche nuevo... y participan en subastas, como aquella en la que se podía pujar hasta por un dinosaurio.
Y, claro, nada como Internet para librarse del engorro de tener que salir a la calle (sobre todo si se vive en una metrópolis tipo Madrid) para comprar el regalo-compromiso-de-turno. En las tiendas virtuales le mandan al compromiso-de-turno tu bonito presente. Y en ese proceso un educado texto te pregunta: ¿lo envuelvo para regalo? Y tú haces clic y listo. Y el servicio de Correos resucita. Ha perdido unos cuantos clientes que ahora se comunican a base de 'emilios', pero ha ganado (y mucho, porque los paquetes pesan y necesitan mucho más franqueo) con los clientes del comercio electrónico. En las estanterías de las oficinas de Correos se amontonan ahora paquetes y paquetes marrones que por fuera ponen cosas como Amazon.com, o HMV.co.uk, o Crisol.es.
Sin embargo, ya se sabe, hay cosas que uno jamás compraría a través de Internet. Mi madre, sin ir más lejos, jamás compraría un besugo sin verlo. Porque al besugo hay que “mirarle el ojo”. O un melón. ¿Quién es el listo que se atreve a pedir un melón por correo sin antes haberle tanteado los polos?
Pero dicho todo esto, llega el momento de la verdad y, ¿qué pasa? Pues que nos entra el canguelo de que el número de nuestra tarjeta de crédito ande por ahí, navegando sola a través de los procelosos océanos internáuticos , al albur de los piratas que un día sí y otro también nos aseguran que abundan en la red. Y dejas para el día siguiente la tentación de pedir el último grito en dermoestética de Yves St. Laurent para ti, la box-set de Buffalo Springfield para el melómano de tu marido o el estuche de lápices de Harry Potter para la intelectual de tu niña de 5 años. Mientras tanto, por supuesto, te enteras de que a tu pareja, no sólo le gustan los toros (cosa que te había ocultado durante vuestra dilatada convivencia), sino que además lleva ya un lustro comprando en Internet. Y tú sin enterarte.
