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Una comparación improcedente

El presidente Putin, eufórico de cómo se desarrollan sus conversaciones con Aznar, se ha pasado y ha puesto en apuros a diplomáticos y comentaristas internacionales comparando el País Vasco con Chechenia. Al parecer, su afán por obtener un apoyo extranjero le ha hecho confundir la discreción de Aznar en el tema checheno con el presunto “entendimiento” de su política caucasiana por parte de España.

Por supuesto, todos los terroristas del mundo tienen algo en común, independientemente de su ideología: nacionalista, integrista islámica o cualquiera otra. Desprecian las normas de la convivencia humana e intentan imponerse de la forma más salvaje, con amenazas y asesinatos. Oponen balas y bombas a las ideas. En el País Vasco, sus víctimas son intelectuales, políticos, periodistas y ciudadanos comunes quienes coinciden en ser partidarios de la Constitución; en Chechenia, las víctimas son todos los que quieren vivir en paz y rechazan el integrismo. Y un rasgo más en común: la imposibilidad de encontrar una solución pacífica con los fanáticos asesinos, tanto en un lado como en el otro.

Pero aquí terminan las coincidencias. Para cualquier europeo, la palabra Chechenia significa, hoy en día y en primer lugar, la brutalidad con la que Putin intenta acabar con los separatistas, la violación masiva de los Derechos Humanos. Nadie pone en duda su empeño por imponer el orden, pero tampoco nadie apoya, ni “entiende”, sus métodos: bombardeos masivos en los que mueren decenas de civiles, detenciones arbitrarias, secuestros, ejecuciones sin juicio, etc.

Nadie se imagina que el Ejército español pudiera destruir San Sebastián y convertir a sus habitantes en refugiados bajo el pretexto de que en uno de los barrios se esconde el peligroso comando “Donosti”. No obstante, algo parecido se ha repetido en Chechenia en muchas ocasiones.

Y eso nunca lo “entenderá” Aznar, ni cualquier otro político europeo, aunque les inviten a vodka.

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