El enfrentamiento más esperado del Debate sobre el estado de la nación nos ha dejado lo previsible: un presidente triste y un líder socialista efectista pero sin fondo. Dos hallazgos que no tienen nada de novedad, pero sí de confirmación.
En su discurso matutino, José María Aznar intentó recuperar el mensaje del centro reformismo que tan buen resultado le dio en las últimas elecciones generales. Un mensaje de centro y de reformas dirigido a los suyos. Una intervención cifrada, de ánimos y proyectos, que tenía un objetivo: insuflar un nuevo impulso a las filas populares. ¡Tranquilos, el Gobierno no está parado!
Por la tarde, el presidente del Gobierno estuvo bien en el fondo, con datos, cifras y exposición de la gestión; pero triste, muy triste en las formas. Aznar, que puede alardear de números, tropezó con una exposición de bajo tono político. Aburrido y decaído en la forma, ofreció la imagen de estar ya de vuelta en estas lides parlamentarias.
Frente a él, José Luis Rodríguez Zapatero salió en tromba, con un gran impacto demagógico. En todo caso, el líder socialista estaba pensando también en los suyos, intentando cimentar su figura y su liderazgo. Después, poco a poco, se desinfló. Fue de más a menos. Efectista en la forma pero carente de un fondo sólido, sin cifras y con unas propuestas desvaídas, brillante en la primera parte, en las réplicas bajó el tono.
Al final, cada uno fue a lo suyo, evitando la confrontación directa y dura. Más preocupados estuvieron de lo propio que de lo ajeno. Pareciera que los dos desean –o esperan y desean– seguir debatiendo el año próximo. Ya veremos.

El triste contra el efectista
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